Han pasado cuarenta años y el balón vuelve a rodar en casa. No exactamente en el mismo estadio, no con los mismos jugadores, pero sí con los mismos apellidos en los palcos, los mismos negocios disfrazados de amor por la patria y la misma sensación de que, cuando México organiza un Mundial, la fiesta la pagan todos, pero la factura la cobran unos cuantos.
La película “México 86”, que debutó el pasado 5 de junio, no llegó sola: llegó con un poco de humor negro, otro poco de sátira y una advertencia que debería grabarse en la entrada de cada estadio: "Algunas de estas cosas sí pasaron". No especifica cuántas, y quizá tenga razón.
Abrir ese expediente por completo requeriría no una película, sino una fiscalía. Dirigida por Gabriel Ripstein y protagonizada por un eficaz Diego Luna como el burócrata trepador Martín de la Torre, la cinta no se mete a la cancha a celebrar los goles de Maradona o el pentapichichi de Hugo Sánchez. Se instala en las oficinas. En aquellas donde la corrupción se disfraza de estrategia, y el compadrazgo se viste de patriotismo.
Y como bien lo retrata la ficción —aunque la realidad fue apenas un poco menos ingeniosa—, aquella sede no se ganó con infraestructura, sino con astucia.
El personaje más sólido es interpretado por Daniel Giménez Cacho. Le basta entrar en escena para que todos parezcan empleados suyos.
"¡¡Ya hay lana!!", habría dicho quien tenía que decirlo, el entonces dueño de la única televisora poderosa entonces con la misma suficiencia con la que aquel hombre manejaba los hilos del futbol, los reflectores y, de paso, la conciencia del país. El gobierno no tenía un peso, la Federación Mexicana de Futbol tampoco. Pero había voluntad política y ambición empresarial. Y con eso bastó para vestir de gala un país que aún sangraba las heridas del terremoto de 1985.
La película es ágil, bien actuada y en muchos sentidos incómoda. Tiene el mérito de no santificar a sus corruptos, aunque tampoco se atreve a crucificarlos del todo. Los muestra simpáticos, con el colmillo mexicano bien afilado y esa capacidad de echarse el país al hombro mientras se acomodan en la silla que más les conviene. Martín de la Torre, a quien da vida Diego Luna, dice "por México" pero calcula su siguiente oficina. Giménez Cacho en su personaje habla de orgullo patrio, pero teje un imperio. Karla Souza aporta el contrapeso lúcido.
La película también acierta con José Ramón Fernández, interpretado por Juan Pablo Fernández, su propio hijo, quien recupera el tono incisivo y la incomodidad del periodista que pregunta justo cuando todos preferirían celebrar. En cambio, el Hugo Sánchez de Memo Villegas funciona más como recurso cómico: tiene energía, pero queda demasiado cerca de la caricatura.
Pero hablemos de hoy. Porque la reina de las plataformas de streaming no estrenó “México 86” por generosidad retrospectiva. La estrenó ahora, a las puertas del Mundial 2026, justo cuando las autoridades nos piden que nos ilusionemos y los patrocinadores nos invitan a consumir. El jueves 11 de junio, el balón echará a rodar. Y Guadalajara se vestirá de fiesta.
Cuatro partidos de fase de grupos —incluyendo el Tri ante Corea del Sur el 18 de junio— convertirán al Estadio Guadalajara en el ombligo de la temporada. Las gradas se llenarán de gritos de "¡Sí, se puede!" que inundarán Zapopan.
Pero afuera, en las calles, la pregunta es otra: ¿esta fiesta nos pertenece? En 1986, el Mundial se metió a las casas, a las plazas, a la memoria popular.
Hasta Pique , ese personaje con sombrero, bigote y cuerpo de chile, terminó convertido en símbolo de una época. Hoy, en cambio, la celebración se siente divorciada de las masas. Las mascotas no conectan y las campañas institucionales no emocionan.
La triste ironía es que “México 86” nos recuerda, con incomodidad y con risa, cómo se fabrica esta distancia. No es sólo que las sedes se repartan entre intereses. Es que, desde entonces, el futbol mexicano se ha construido sobre una grieta: el amor popular por un lado, las transacciones de poder por otro.
Aquella sede no fue un regalo del cielo. Fue un negocio a toda costa. Y que hoy, cuarenta años después, Guadalajara vuelva a ser sede, con las mismas instituciones y una estructura que apenas ha cambiado, no debería leerse como casualidad, sino como herencia. Una herencia de prestigio, sí, pero también de borrón y cuenta nueva.
Que ruede el balón. Que la ciudad se vista de pasión. Y que la fiesta no termine en desilusión futbolera.