Guillermo del Toro: 20 años, Cannes y una parábola que no olvida

Jalisco /

Hace veinte años, en una función casi olvidada al final del festival más prestigiado del mundo, el 27 de mayo de 2006, el público de Cannes no aplaudió: se paró y se quedó de pie 22 minutos al final de su proyección, una de las más largas de la historia del festival.

El tiempo justo que hoy, bromea Guillermo del Toro, le toma llegar de su casa a la oficina. Nadie lo esperaba, ni siquiera él. Este año, dos décadas después, el cineasta tapatío regresó a la Croisette para presentar una versión restaurada en 4K de “El laberinto del fauno”, supervisada fotograma a fotograma por él mismo, que destacó en la sección Cannes Classics.

Porque nuestro querido Gordo no fue a Cannes a vendernos nostalgia; fue a reivindicar el valor del cine hecho a mano, sin algoritmos ni inteligencia artificial, como un acto de resistencia artística.

“El cine me ha salvado la vida un par de veces y espero que la película conecte de esa manera”, dijo entre lágrimas, tras recibir otra ovación de pie. “A la ching… la IA”, remató. Y la frase retumbó, viral, visceral.

¿Qué otra cosa puede esperarse de un hombre que lo arriesgó todo por una fábula oscura ambientada en la España franquista de 1944, en lugar de encasillarse en las sagas de superhéroes que Hollywood le ofrecía?

En aquel entonces era “el realizador bien considerado, pero no muy conocido de “Hellboy” y “Blade 2”, y tomó la única decisión que lo definió. La tomó una y otra vez, cuando todo se derrumbó, pues asegura que “Era la película que nadie quería financiar”.

El resultado lo conocemos: un mundo donde las hadas se abren paso entre las losas de un molino viejo, donde un fauno susurra pruebas imposibles a una niña que no sabe que su destino es más importante que ella, y donde el Hombre Pálido —con sus ojos sangrantes clavados en las palmas de sus manos— nos sigue persiguiendo en sueños dos décadas después. La cinta obtuvo múltiples premios internacionales, incluyendo tres premios Oscar en 2007.

“Esta película para mí es como una pequeña parábola o una pequeña canción de cuna”, confesó Del Toro en la presentación del filme remasterizado, que tuvo lugar como preapertura del festival en el Teatro Debussy, en la costa francesa. “Una pequeña canción para los momentos en que estás derrotado”, mencionó

Y quizá por eso, porque todos hemos estado derrotados alguna vez —y porque México, con sus propias violencias cotidianas y su resistencia eterna, conoce demasiado bien esa sensación—, la noticia del regreso de esta obra se convierte en algo más que una nota y ya. Es el espejo de una nación que, pese a todo, sigue empeñada en contar sus propias historias con las manos, sin filtros digitales ni discursos prefabricados. Es, a fin de cuentas, un eco de esa máxima que Del Toro lanzó al cierre del evento, cuando la emoción apenas le permitía articular las palabras: “Muy feliz, muy conmovido… mexicanos, vivos, llenos de historias y a seguirle”.

Y es que hay películas que, con el paso de los años, dejan de ser solo películas para convertirse en algo más íntimo y compartido: una memoria colectiva, un territorio emocional al que regresamos cuando necesitamos creer que la oscuridad también puede ser hermosa.

Además del filme restaurado de Guillermo, el programa Cannes Classics incluye 22 largometrajes, tres cortometrajes y seis documentales dedicados a preservar el patrimonio cinematográfico mundial. Pero el centro de atención, sin duda, es este puente tendido entre el Cannes de 2006 —cuando la ovación de 22 minutos batió todos los récords— y el Cannes de 2026, donde la misma historia, ahora más nítida que nunca en 4K, vuelve a emocionar a nuevas generaciones.

La función se convirtió en un recordatorio de que el cine puede ser un acto de resistencia y, sobre todo, una pequeña canción de cuna para los que, a veces, ya no saben cómo seguir. Y Guillermo del Toro, con su mirada tierna y monstruosa a la vez, sigue siendo uno de los nuestros: el cineasta tapatío que admiramos y que se negó a rendirse, que se negó a traicionar su mundo interior, y que sigue firme —“vivo, lleno de historias” y terco— pese a todas las puertas que se hayan cerrado en su cara.


  • Daniela Nuño
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