Jalisco está presente en FITUR 2026 para fortalecer su presencia internacional y promover el turismo. El gobernador Pablo Lemus, acaba de ofrecer en Madrid la postal perfecta: una de esas estampas idílicas del Cine de Oro. Proyectó una tierra de mariachis y tequila, de inversión segura y hospitalidad, lista para ser "la sede más mexicana" del Mundial 2026.
Se habló de rutas que conectan el estadio con el aeropuerto, de tradiciones como la raicilla, y hasta se selló una alianza con la Fundación Real Madrid para educar en valores a niños y jóvenes.
Sin embargo, a casi nueve mil kilómetros de la capital española, en las calles de Guadalajara, la historia es muy distinta. Aquí, el guion que vivimos a diario tiene giros dramáticos más complejos, nos enfrentamos a una brecha profunda y preocupante que separa esa ambiciosa proyección internacional de los desafíos internos que vivimos a diario.
Aquí se navega en dos aguas: una, cristalina y promocional; otra, turbia y llena de necesidades urgentes. Mientras en Madrid se vende a Jalisco como un "oasis", por aquí la realidad es mucho menos festiva. Los desafíos internos se asemejan más al retrato descarnado de "El Infierno", de Luis Estrada, que a una comedia ranchera.
En su visita, Lemus afirmó que Jalisco será "la sede más mexicana" del Mundial porque es la tierra del mariachi, el tequila y la charrería, símbolos reconocidos en todo el planeta. Explicó que el torneo es una gran oportunidad para mejorar el estado, construyendo y promocionando cosas que servirán para siempre, más allá de los partidos.
Pero en la Zona Metropolitana de Guadalajara, las preocupaciones ciudadanas nos mantienen en vilo: la seguridad, la movilidad y el caos urbano ocupan nuestro día a día.
La idea oficial es que los visitantes no se queden solo en un partido; que puedan tomar un tren a Tequila o recorrer Pueblos Mágicos. La pregunta que nos hacemos es si ¿lo harán con la seguridad que merecen? La seguridad no es solo un slogan; es la infraestructura invisible más crítica para el éxito de cualquier mega evento, como el que se nos viene.
En España se muestra un Jalisco seguro y lleno de atractivos: playas como Puerto Vallarta, la ciudad de Guadalajara, pueblos con encanto y montañas. Todo eso es cierto, pero el riesgo es que el brillo internacional opaque las urgencias locales.
Un Mundial no se hace solo con estadios renovados y festejos, sino con un consenso social mínimo que garantice su operación. Ignorar estas tensiones, o pretender que se resolverán por arte de magia cuando lleguen los reflectores, es un error que nos preocupa.
La verdadera prueba para Jalisco no será la de junio de 2026, sino la de hoy. No se le juzgará solo por cómo reciba a los aficionados, sino por la capacidad para cerrar la brecha entre esos dos mundos que coexisten en el mismo estado.
El desafío es construir una imagen internacional sin descuidar la realidad local, invertir en el espectáculo global sin dejar de invertir en lo cotidiano.
El Mundial será un magnífico escaparate, pero también un espejo brutal que reflejará, sin filtros, todas las virtudes y todas las carencias de Jalisco.
El desafío monumental es que este Mundial nos dé, de una vez, una proyección de película diferente: más turismo sí, pero también más oportunidades, más paz y más finales felices reales para los que vivimos aquí.