"Réquiem por Guadalajara": ¿Será la crisis tapatía la próxima musa de Darren Aronofsky?

Jalisco /

Que Darren Aronofsky pise tierras tapatías en abril no es solo una buena noticia para el Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Es una ironía del destino digna de un guion del propio neoyorquino.

Mientras el director de “El Cisne Negro” se prepara para recibir su homenaje en la Perla Tapatía, la ciudad que lo recibirá atraviesa lo que podría describirse, con permiso del cineasta, como su propio "descenso a los infiernos" aronofskiano.

Porque seamos honestos: llegar a Guadalajara hoy es toparse con una urbe que parece sacada de un montaje del director. Agua que llega color chocolate, calles inseguras, un cielo que a veces se tiñe de ese naranja tóxico que en su cinta "Réquiem por un sueño" simbolizaba la autodestrucción, y una clase política que, como los protagonistas de sus películas, repite los mismos errores una y otra vez esperando resultados distintos.

La pregunta flota en el aire más denso que la contaminación en hora pico: ¿y si todo esto, todo este caos tapatío, fuera precisamente el material que Aronofsky necesita para su próxima obra maestra?

Imaginemos por un momento el pitch: un director obsesivo llega a una ciudad mundialista como la "capital cinematográfica de México" y descubre que, bajo el brillo de su tequila y mariachi, la ciudad se desangra en una lucha cotidiana por sobrevivir. Las tuberías destartaladas de la Zona Metropolitana de Guadalajara como metáfora del deterioro social. Los socavones que se tragan camionetas enteras como símbolo de un progreso que se lo “tragó” la tierra. La danza de los funcionarios buscando culpables mientras la ciudadanía, como los adictos de Réquiem, solo busca su dosis diaria de normalidad.

Aronofsky encontraría en Tlaquepaque el set perfecto para una escena de “La fuente de la vida”: esa búsqueda eterna de algo que ya no existe, esa obsesión por restaurar un pasado que quizás nunca fue tan glorioso como lo recordamos. Y no dudo que hallaría el escenario para un “Cisne negro tapatío”: la presión por mantener la perfección de una ciudad mundialista mientras por dentro todo cruje y se rompe.

Pero hay algo más profundo.

El director neoyorquino ha construido su carrera mostrando cuerpos que fallan, que se deforman, que resisten más allá de lo humanamente posible. ¿Y qué es Guadalajara hoy sino un cuerpo colectivo que falla? Un organismo de millones de habitantes al que le niegan el agua potable, le cortan la luz, le cierran las vías y aún así, milagrosamente, sigue latiendo. Sigue haciendo arte.

La inspiración está servida en charola de barro de Tonalá.

Porque el genio de Aronofsky no ha estado nunca en filmar la perfección, sino en capturar el momento exacto en que todo comienza a desmoronarse. Y vaya que Guadalajara, en este 2026, le ofrece un festín de metáforas visuales.

Podría filmar a las señoras del mercado de San Juan de Dios cargando garrafones de agua como si fueran la cruz de “The Whale”, un peso que cargan a diario. O podría seguir a los jóvenes de Zapopan que, como los protagonistas de “Pi”, buscan desesperadamente una fórmula, una clave, un algoritmo que resuelva el caos en el que viven.

Y qué decir de la Línea 4 del tren ligero. Ese viaje podría ser el viaje alucinante de “Réquiem por un sueño”, con estaciones que pasan como destellos de una ciudad que prometió modernidad y entregó promesas rotas.

Pero ojo, no todo es pesimismo. Porque si algo caracteriza a Aronofsky es su mirada compasiva hacia sus personajes destruidos. Cuando Ellen Burstyn alucina con aparecer en televisión en Réquiem, no la juzgamos: la entendemos. Cuando Natalie Portman se rompe los pies por un papel en “Cisne Negro”, no la vemos como víctima, sino como heroína trágica.

¿Podría Aronofsky ver en los tapatíos a esos mismos héroes? Al ama de casa que raciona el agua en una tina. Al comerciante del centro que resiste la tercera ola de calor. Al estudiante de la UdeG que camina una hora porque no hay camiones suficientes. A todos ellos, sobreviviendo con dignidad a un entorno que parece diseñado para destruirlos.

Cuando el director se pare frente al público tapatío en abril, quizás vea algo más que un auditorio lleno. Verá personajes esperando su close-up. Verá, con esa mirada suya tan particular, el escenario perfecto para entender que la crisis no es solo mexicana, ni tapatía: es humana. Y él, como nadie, sabe filmar eso.

Bienvenido, Darren. Que no te quepa duda: aquí tienes material para rato.


  • Daniela Nuño
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