Hoy me voy a dar permiso de escribir de uno de mis más admirados tapatíos y es que hay quienes llegan al anime por curiosidad. Otros por recomendación. Guillermo del Toro llegó por destino.
Mucho antes de los premios Oscar, de los monstruos que conquistaron Hollywood o de convertirse en uno de los cineastas más respetados del mundo, había un niño en Guadalajara que encontraba en la animación japonesa un refugio para imaginar otros universos posibles.
Por eso su participación en el Crunchyroll Anime Future Forum no es una anécdota en la agenda de un director famoso. Es el regreso de alguien que nunca dejó de pertenecer a esa comunidad. Del Toro no asiste como invitado de honor; asiste como uno de los nuestros: un fan que convirtió la fascinación de su infancia en una carrera que transformó la manera de contar historias.
A veces olvidamos que el anime no solo forma espectadores; también forma creadores. En el caso de Del Toro, esa influencia comenzó en una Guadalajara de los años 60 y 70 donde, casi por azar, la televisión mexicana transmitía muchas de las mismas series que se veían en Japón.
Mientras otros niños jugaban a ser superhéroes, él aprendía que los monstruos también podían ser héroes, que la tristeza podía convivir con la fantasía y que la belleza también habitaba en lo extraño.
Quizá por eso su cine nunca ha tenido miedo de abrazar lo diferente.
Desde los ocho años experimentaba con la cámara Super 8 de su padre. En la adolescencia impartía clases de animación y descubrió una verdad que definiría toda su carrera: no disfrutaba mover cuadro por cuadro cada personaje, pero sí soñar mundos enteros y dirigirlos. Esa diferencia parece pequeña, pero cambió la historia del cine.
Las influencias del anime no permanecieron guardadas en un cajón de recuerdos infantiles. Están vivas en cada criatura, en cada máquina gigantesca y en cada universo que ha construido. La cinta “Pacific Rim” es quizá el homenaje más evidente al género.
También está su insistencia por adaptar “Monster”, de Naoki Urasawa, porque siempre ha entendido que el manga y el anime son mucho más que entretenimiento: son narrativas capaces de explorar la condición humana con una profundidad que muchas veces el cine occidental apenas comienza a descubrir. Y después está el stop-motion.
Para Del Toro no es únicamente una técnica; es un acto de amor. Cada figura moldeada a mano, cada movimiento casi imperceptible, representa una conversación íntima entre el artista y su creación.
Por eso se obsesionó con su historia más artesanal: “Pinocchio”, ganadora del Oscar a Mejor Película Animada, con la que no solo confirmó su talento; también reivindicó que las historias hechas con paciencia siguen teniendo un lugar en el corazón del público.
Su presencia en el Crunchyroll Anime Future Forum 2026 simboliza algo más grande que una conferencia. Representa el reconocimiento de que el anime ya no es un fenómeno de nicho ni una moda pasajera. Es un lenguaje universal capaz de conectar culturas, generaciones y sensibilidades distintas. Y en esa conversación global, la voz de un tapatío ocupa hoy uno de los lugares más respetados.
Hay quienes creen que el éxito consiste en dejar atrás aquello que nos apasionaba de niños. Del Toro demuestra exactamente lo contrario. Nunca renunció a los monstruos, a la fantasía ni al anime. Los llevó consigo hasta Hollywood y, desde ahí, los convirtió en patrimonio del cine mundial.
Quizá esa sea la lección más valiosa de su historia: las pasiones auténticas no se superan. Feliz vida, querido Gordo.