Un hijo propio: Cuando la maternidad duele

Jalisco /
Únete al canal de Milenio

Hay preguntas que parecen inocentes hasta que de tanto repetirse se vuelven dolorosas: “¿Cuándo vas a tener hijos?”. “¿Y para cuándo el bebé?”. “¿No quieres ser mamá?”.

Las escuchamos en las comidas familiares, en las reuniones de amigos, en el trabajo, en el consultorio. Se dicen como bromas, como consejos, incluso como muestras de cariño. Pero para una mujer que ha perdido un embarazo, que enfrenta dificultades para concebir o que simplemente no desea ser madre, pueden convertirse en una forma silenciosa de violencia.

Porque nadie sabe cuántas veces esa mujer lloró antes de salir de casa. Nadie sabe cuántos embarazos perdió, cuántas veces volvió del médico con las manos vacías, cuántas noches tuvo que fingir que estaba bien o cuántas veces se preguntó si había algo malo en ella.

La historia de Alejandra Marín, quien después de varias pérdidas gestacionales fingió un embarazo durante meses y terminó sustrayendo a una recién nacida de un hospital en 2009, es perturbadora. Lo es por el delito, por el sufrimiento de la familia de la bebé y por las consecuencias irreparables que dejó aquella decisión.

El caso ocurrió en junio de 2009, en el Hospital General de México, en la Ciudad de México, y es el punto de partida de “Un hijo propio”, el documental estrenado el 13 de agosto, en Netflix. La cinta está dirigida por la cineasta chilena Maite Alberdi, dos veces nominada al Óscar, y combina testimonios de personas relacionadas con el caso con recreaciones dramáticas. En el elenco Ana Celeste Montalvo Peña y Armando Espitia, brillan con la historia a cuestas y la visión de los protagonistas originales de la historia.

Pero también lo es por otra razón que incomoda más: obliga a preguntarnos cuánto daño puede provocar una sociedad que insiste en decirle a una mujer que su vida estará incompleta mientras no sea madre.

Porque a las mujeres se les pregunta cuándo tendrán hijos. Después, cuándo llegará el segundo. Si no quieren tenerlos, se les cuestiona. Si no pueden, se les compadece. Si pierden un embarazo, muchas veces se les exige levantarse rápido, sonreír y volver a intentarlo.

Como si perder un embarazo fuera simplemente perder una oportunidad. Como si el dolor pudiera medirse en semanas de gestación. Como si una mujer que no logra ser madre hubiera fallado.

Y ahí está una de las partes más incómodas de esta historia.

No se trata de justificar lo que hizo Alejandra. Un delito no deja de serlo porque detrás exista sufrimiento. Una recién nacida fue separada de su madre y una familia vivió el terror de no saber dónde estaba su hija. Nada de eso puede minimizarse.

Pero entender no significa justificar. Y quizá precisamente por eso necesitamos mirar más allá del expediente penal.

Porque detrás de una mujer que llegó a fingir durante meses que estaba embarazada había una presión que no apareció de un día para otro.

Era la expectativa familiar, la idea de que debía convertirse en madre, el miedo a reconocer que había perdido un embarazo y, finalmente, la necesidad desesperada de sostener una mentira que le permitiera seguir siendo aquello que los demás esperaban de ella.

La maternidad debería ser una decisión. No una obligación. No una prueba de feminidad. No un requisito para ser considerada una mujer completa.

Y, sin embargo, seguimos viviendo en una sociedad que muchas veces trata el embarazo como un destino inevitable y la maternidad como una especie de certificado de realización personal.

El caso de Alejandra no puede convertirse en una excusa para romantizar el sufrimiento ni para explicar un crimen únicamente desde la presión social.

Pero sí puede servir para mirar una realidad que pocas veces queremos reconocer: hay mujeres que sufren en silencio porque sienten que no tienen permiso para decir que no quieren ser madres, que no pueden serlo o que están devastadas porque no lo consiguieron.

Y ese silencio también lastima.

Lo verdaderamente perturbador de la historia de “Un hijo propio” no es solamente preguntarnos cómo una mujer pudo llegar hasta ese extremo.

También es preguntarnos cuántas veces, como sociedad, hemos colocado sobre una mujer una expectativa tan pesada que dejamos de ver a la persona que existe detrás de ella.

Una mujer puede ser hija, pareja, profesionista, amiga, hermana, cuidadora, artista, política, periodista, empresaria o simplemente ella misma.

Quizá deberíamos dejar de preguntar cuándo llegará el bebé y empezar a preguntar cómo está ella.

Porque detrás de un embarazo perdido puede haber una mujer rota. Detrás de una decisión de no tener hijos puede haber una convicción perfectamente válida. Y detrás de esa sonrisa superficial y liberada puede existir un duelo profundo y doloroso que nadie conoce, ni debe juzgar.


  • Daniela Nuño
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite