Ensayo con rumbo

Puebla /

La reciente fecha FIFA dejó una sensación poco habitual en los últimos años alrededor de la Selección Mexicana: orden, lógica y algo que hacía tiempo no aparecía con claridad, convicción.

Portugal y Bélgica sobrellevaron los encuentros con lo suyo, como selecciones de élite que son pero sin forzar al máximo su nivel futbolístico. México, en cambio, hizo algo más valioso: entendió el contexto y lo aprovechó. No era una vitrina para deslumbrar al mundo, sino un laboratorio. Y en ese ejercicio, ganó en la cancha pero sobre todo en confianza.

Porque el verdadero saldo no está en los marcadores, sino en lo que empieza a dibujarse con un poco de sensatez desde el cuerpo técnico que encabeza Javier Aguirre. El globo tricolor comienza a inflarse, por los mismos de siempre, a partir de las proverbiales cuentas alegres rumbo al mundial.

El pronóstico dice: triunfos ante Sudáfrica y Corea del Sur, un empate con República Checa para asegurar el liderato de grupo, una eliminación trabajada sobre Escocia, Japón o el que toque en dieciseisavos y, finalmente, una caída digna, dramática, en penales frente a Inglaterra en los octavos de final para despedir el Mundial 2026 del estadio Azteca. Un mapa de ensueño que, sin decirlo en voz alta, firmarían hoy mismo Javier Aguirre y cualquier directivo de la FMF.

Este equipo, con lo que tiene, parece haber encontrado una línea base coherente. Y eso, en procesos recientes, ya es ganancia. Hay un mensaje claro en la alineación: sentido común. Ni inventos innecesarios ni ausencias inexplicables. Con lo que hay… no le sobra, pero tampoco le falta. Y eso, en selecciones nacionales, suele ser el primer paso hacia la estabilidad.

Empero, el contraste más incómodo no está dentro del campo, sino en la tribuna. Porque mientras el equipo intenta reconstruir una identidad y hallar cierta solidez, parte de su afición insiste en ser protagonista de lo más execrable de la grada. El grito homofóbico, ahora dirigido incluso contra su propio portero, no sólo es un acto reprobable: es una señal de desconexión absoluta. Esta selección, con todas sus limitaciones, está varios escalones por encima de ese comportamiento.

México volvió a generar ganas de verlo, de medirlo otra vez, de confirmar si esto es apenas un destello o el inicio de algo más sólido. La siguiente cita ya está marcada: el 22 de mayo, en el estadio Cuauhtémoc.

Puebla será testigo del siguiente capítulo. Y no es un detalle menor. Porque si algo necesita hoy la Selección Mexicana es reencontrarse con escenarios que la arropen, no que la saboteen. El rival será Ghana, pero el verdadero examen seguirá siendo interno.

Ahí, entre certezas incipientes y viejos vicios que se resisten a morir, México empieza a escribir su propia historia mundialista. Sin estridencias, sin promesas desbordadas… pero, por primera vez en mucho tiempo, con una idea que parece tener pies y cabeza.


  • David Badillo
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