La tensión en Medio Oriente impidió el encuentro entre la campeona de Europa (España) y la bicampeona de América y campeona del mundo (Argentina). En algún momento parecía encontrarse un hueco en el calendario y opciones de sede para celebrar el partido antes del Mundial; empero, aunque la FIFA y ambas confederaciones buscaron mediar, la Real Federación Española no estaba tan convencida, y la Asociación del Futbol Argentino fue tajante: se juega en mi casa o no se juega. Era un no.
Ambos contendientes de la “Finalissima” preferían guardar sus cartas y no mostrar los movimientos sobre el tablero. La FIFA trazó meticulosamente la hoja de ruta que tenía deparada una auténtica finalísima en el marco del juego por el título del mundo. Desde antes del sorteo en diciembre de 2025 se había separado a las dos primeras clasificadas del ranking para que sólo se pudieran encontrar en una hipotética final.
Cuando Argentina salió sorteada en el Grupo I, pasó de inmediato a ser colocada en el J para respetar esa proyección. Esa siembra a discrecionalidad venía estipulada como una potestad de la FIFA para cuidar dicho cruce.
Y el destino terminó por hacer lo suyo. No habrá ensayo, ni partido de exhibición, ni trofeo intercontinental. Habrá una Copa del Mundo de por medio. El domingo se hablará español sobre la cancha de Nueva Jersey. Se concretó la final que deseaban la FIFA, Infantino, el Quijote de la Mancha, millones de aficionados y yo.
Dos escuelas distintas, pero unidas por una historia compartida y con profundos vínculos respecto a México, como país y como futbol. España dejó una huella imborrable en nuestra cultura y el futbol centenario en nuestro país se ha nutrido de legendarios maestros españoles, algunos de ellos migraron desde el exilio y edificaron nuestro balompié.
Argentina, por su parte, ha construido con el aficionado mexicano una relación entrañable desde hace décadas y su amor quedó sellado en 1986 con el culmen de la albiceleste y su “Dios”, Diego Armando Maradona.
Del lado argentino aparece Lionel Messi, desafiando al tiempo con un Mundial soberbio. A sus casi cuarenta años sigue marcando diferencias, conduciendo a su selección y ofreciendo destellos del futbolista irrepetible que cambió una era. Del otro lado, una España rejuvenecida, dinámica y valiente, heredera de una tradición que volvió a colocar a Europa en la cima.
Por eso resultan tan pobres las teorías conspirativas que insisten en desacreditar el camino argentino. Cuando un equipo enlaza finales, conquista títulos y sostiene un nivel competitivo durante tantos años, la explicación suele ser mucho más sencilla que cualquier conspiración: juega mejor que los demás. Los arbitrajes podrán discutirse, como ocurre en cada Mundial, pero el talento, la jerarquía y la consistencia no se decretan desde un escritorio.
El futbol, de vez en cuando, tiene estos regalos. Las dos mejores selecciones del planeta frente a frente, con la Copa del Mundo en juego y millones de aficionados de habla hispana latiendo al mismo ritmo. No hacía falta una “Finalissima”. La verdadera finalísima siempre fue esta.