A “Juanito” lo conocí hace cinco años, cuando él apenas tenía 10 años de edad; sin embargo, ya había vivido varias experiencias fuertes a causa de la delincuencia.
El niño llegó pidiendo trabajo a un restaurante que yo solía frecuentar, los dueños no sabían si contratarlo debido a la edad que tenía, pero él suplicó por un empleo, así fuera solo barriendo.
Los propietarios del establecimiento decidieron darle un voto de confianza y lo contrataron, sin investigar más allá de la historia del menor de edad.
Con el paso de las semanas, “Juanito” fue contando detalles de su vida; era originario de Chiapas, no iba a la escuela y vivía solo en Puebla con un hermano mayor, su mamá vivía en otra parte del país.
Su estilo de vida consistía en mudarse de un estado a otro, no existía una explicación clara de porque actuaba de esa manera.
Sin embargo; reveló algo que le daba sentido a todo y era que otros dos hermanos - más grandes que él- se habían quedado en su lugar de origen, ya que formaban parte del crimen organizado.
Era común que a “Juanito” le mandarán dinero para llevar una buena vida, con todo lo que ello implica, pero eso mismo era lo que causaba cierto miedo al niño.
Prefería no salir del establecimiento cuando veía patrullas cerca, si algún policía entraba a comer, él se escondía en la cocina y cuando le tocaba entregar pedidos a domicilio, siempre buscaba cubrirse la cara lo más que pudiera.
Su temor era ser detenido por la policía y por ende que eso también pudiera afectar a su familia, a pesar de que él no había cometido ningún crimen.
Desde hace año y medio ya no he tenido más noticias de “Juanito”, lo último que supe fue que se había mudado de Puebla para reunirse con su mamá en alguna otra parte del país.
Este es solo un ejemplo de cómo los grupos criminales cambian la vida de las personas, de forma directa o indirecta, yo solo espero que él pueda tomar un camino diferente y de bien.