Ayer, el gobierno mexicano envió a Estados Unidos un tercer grupo de detenidos en varias cárceles mexicanas acusados de delitos relacionados con el tráfico de estupefacientes. Imposible no ver la relación entre este hecho y la presión ejercida en las últimas semanas por el gobierno de Donald Trump sobre México para que dé resultados inmediatos en la lucha contra el tráfico de narcóticos (expresada de forma inequívoca por Marco Rubio en su conversación de la semana pasada con nuestro canciller, al que le habría dicho que ya era inaceptable el actual progreso gradual y que se necesitaban resultados concretos y verificables). Pero a Trump los datos concretos en realidad no le interesan, como la baja en el tráfico de fentanilo en el último año (-46 por ciento), la reducción constante en los últimos dos años de muertes por fentanilo en Estados Unidos o el desplome de los cruces de migrantes sin documentos en la frontera entre los dos países; al león se necesita apaciguarlo con un bistec mediático, visible y vendible, como el despacho de 37 delincuentes en aviones rumbo a varias ciudades de ese país. Ganamos tiempo.
Aplica así la Presidenta la política del apaciguamiento y, ¿cómo no hacerlo? En un mundo en el que prevalece desde hace un año la arbitrariedad como única lógica en los intercambios con nuestro vecino; un mundo, el de Trump, donde las amenazas y la extorsión sustituyeron a los argumentos y a cualquier intento de convencimiento (lo están experimentando los europeos que, incrédulos, ven cómo Trump liga su determinación de hacerse con el control de Groenlandia con el agravio de que no le hayan dado el Premio Nobel y se dispone a castigarlos por ofrecer mínima resistencia a sus intenciones imponiéndoles nuevos aranceles para encarecerles su acceso al mercado estadunidense). Un mundo donde predomina la economía de la humillación y en el que el único éxito consiste en evitarlo; un mundo sin amigos ni aliados, donde a Canadá (cuyo único pecado es no querer ser parte de Estados Unidos) ya lo empujó a firmar un acuerdo comercial y estratégico con China, y en el que constantemente descalifica e insulta al primer ministro inglés (al que califica de débil e incompetente), a pesar de ser el aliado histórico y más leal de su país. En cambio, defiende y protege (de los periodistas estadunidenses) a Mohammed Bin Salman, príncipe heredero de Arabia Saudita, quien es señalado como autor intelectual del asesinato y descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi, colaborador del Washington Post. Es un mundo, el de Trump, donde reina el cinismo, en el que no hace falta invocar principios ni objetivos virtuosos para justificar el uso de la fuerza (como quedó de manifiesto cuando justificó su intervención en Venezuela por el interés en sus reservas de petróleo).
Pero no hay que engañarnos: lo que parece la expresión de un gran poder es, en realidad, la expresión de una potencia en decadencia (lo que no disminuye, sino que incluso incrementa su peligrosidad en el corto plazo). Sin embargo, el uso sistemático del chantaje terminará por agotar su eficacia, el cinismo acabará por asquear incluso a sus más fervientes seguidores, su insensibilidad ante la crueldad (ver Mineápolis) multiplicará a sus enemigos, el desprecio a sus viejos aliados los terminará acercando a la potencia rival. Trump dañará a Estados Unidos en el largo plazo. A nosotros nos toca sobrevivir el colapso del imperio. Nadie dice que será fácil.