El fantasma de Delcy

Ciudad de México /

M+ La presión que está ejerciendo Estados Unidos sobre nuestro país es un hecho indiscutible. Lo es también que este gobierno, el de Donald Trump, tiene un público y notorio impulso injerencista que ha manifestado ya en múltiples ocasiones: desde las amenazas sobre Panamá por el manejo del canal interoceánico, a la abierta intervención militar en Venezuela hasta los respaldos de Trump a varios candidatos de derecha en elecciones presidenciales de América Latina y el Caribe. Tanto es así que en la reunión a la que convocó en Miami, en marzo pasado, a presidentes de países afines ideológicamente (Escudo de las Américas), se jactó, de forma muy poco elegante, de que varios de los presentes no habrían ganado en sus países de no ser por su abierto respaldo. Y los apoyos han ido más allá de simples declaraciones: en el caso de Argentina, en las elecciones intermedias de ese país, Trump condicionó explícitamente un paquete de ayuda financiera de 20 mil millones de dólares de Estados Unidos a Argentina (indispensable para ese emproblemado país), a que Milei resultara ganador. En caso contrario, afirmó, se irían y no perderían su tiempo.

En las elecciones presidenciales de Honduras, Trump respaldó al candidato de derecha Nasry Asfura, pero fue más allá, en las semanas previas al día de la votación amenazó con cortar la ayuda económica a Honduras si ganaba su oponente y, en plena campaña, perdonó al expresidente Juan Orlando Hernández, que cumplía una condena en Estados Unidos de 45 años por narcotráfico, y que era miembro del mismo partido que Nasry Asfura (Asfura ganó por menos de uno por ciento). La presidenta saliente de Honduras, Xiomara Castro, que visitó a la presidenta Claudia Sheinbaum días antes de la elección, denunció un “golpe electoral” y acusó a Trump de interferencia externa.

Interpretar entonces que Trump no se va a detener ante nada, ni aquí, ni en Cuba, ni en otros países, no es una interpretación exagerada, más cuando la experiencia reciente indica que todas las concesiones que ha hecho el gobierno mexicano —y no sólo en materia de seguridad, también en temas económicos y comerciales— nunca son suficientes ni reconocidas.

Aceptando, por lo tanto, que lo que Trump desea en México (Cuba, Brasil, Colombia) no es, o no sólo es, acabar con la narcopolítica, sino promover la instalación de un gobierno afín ideológicamente y sometido a los Estados Unidos al estilo de la Venezuela de Delcy Rodríguez, la forma de defendernos, con posibilidades de éxito, no es solamente expresando este temor, y esgrimiendo continuamente el discurso de defensa de la soberanía, sino mediante acciones concretas, que más que satisfacer las exigencias de Trump, construyan internamente una alianza amplia de apoyo a la Presidenta. Porque si el discurso soberanista se entiende como el parapeto detrás del cual se esconde en realidad una defensa de pactos criminales inconfesables, el grupo que respaldará al gobierno ante la eventual agresión externa será muy reducido, y la vulnerabilidad por tanto mayor. En cambio, si las acciones contra la colusión entre autoridades y criminales (Operación Enjambre, por ejemplo) se vuelven continuas, constantes, creíbles y parejas, sí puede ampliarse el respaldo al gobierno y convertirse en un auténtico elemento disuasorio. Porque para que funcione una agresión externa se necesitan aliados locales, y eso también hay que evitar que crezca, no promoverlo.


  • Denise Maerker
  • Periodista con amplia trayectoria en medios de comunicación, ha sido la cara de importantes noticieros como "En Punto", y "Atando cabos". Su enfoque claro y directo en los temas de coyuntura la ha convertido en una de las figuras más confiables del periodismo mexicano.
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