Los desafíos de Morena

Ciudad de México /

El ambiente era desenfadado entre consejeros y morenistas diversos que estaban presentes el sábado en el Consejo Nacional de Morena. La informalidad y el caos siguen siendo signo distintivo de una agrupación que se llama así mismo movimiento más que partido. El desorden se refleja en todo: tuvieron que transcurrir largos minutos para que pudieran empezar porque, a pesar de que la presidenta del partido había subido al estrado, faltaba que hicieran lo propio los gobernadores que se sentarían en una segunda fila a espaldas (más que respaldando) a la dirigencia. Hubo literalmente que mandar por ellos, uno a uno, quienes con parsimonia se fueron acomodando entre joviales abrazos y apretones de mano. Morena sigue siendo un partido sin jerarquía y sin rituales. De la excesiva solemnidad y verticalidad del PRI y del partido de cuadros sin pueblo que fue el PAN, pasamos a un partido de masas organizado sí, pero sin jerarquía ni liderazgo.

Alfonso Durazo, presidente del Consejo Nacional de Morena, era el único que buscaba poner cierto orden y calibraba el mensaje. Su discurso fue claro respecto a los desafíos y peligros que acechan a Morena, y revelador en cuanto a la impotencia de la dirigencia para asegurar la disciplina y el comportamiento medianamente ético de sus miembros. Una y otra vez, hizo llamados a la unidad del movimiento, explicando que no se trataba de acallar diferencias sino de asegurar la sobrevivencia del proyecto de transformación. Durazo, repetía, enfatizaba, quería que se entendiera lo que está en juego: “los movimientos de transformación no fracasan solo por embates externos, sino también por debilidades internas y por las tentaciones que surgen del cálculo mezquino de algunos de sus integrantes”. Durazo blandía admonitorio su dedo índice mientras advertía a los presentes: “cuando nos alejamos de los principios éticos que nos dieron origen, la gente deja de creer; cuando actuamos con oportunismo, la gente deja de creer; cuando todo gira en torno a una ambición personal, la gente deja de creer”. El peligro estaba delineado: una posible, aunque lejana derrota. El enemigo: las ambiciones personales y la búsqueda de cargos. Incluso hubo una promesa para los derrotados de mañana: “en política, la distancia más corta entre dos cargos no es necesariamente una línea recta. Si somos leales, el movimiento nos garantizará con generosidad vida política mucho más allá del 2027”.

El mensaje no pudo ser más claro, pero el énfasis de Durazo no basta para mantener el orden porque Morena no tiene, o no tiene todavía, mecanismos eficaces que garanticen la disciplina de sus militantes. Apelar a la buena voluntad no basta.

El PRI lo conseguía porque no había vida política fuera del partido, y le tomó dos décadas construir un mecanismo que evitó fugas y disciplinó a su militancia (hasta la asfixia). En el PAN, mientras no estuvo en el poder, hubo momentos de unidad, democracia interna con riqueza argumentativa y fidelidad. A ellos los mantuvo juntos, durante un tiempo, sus convicciones. Pero Morena no es ni un monopolio (afortunadamente) e internamente no tiene cohesión ideológica; es un amasijo de militantes fieles y de larga data con oportunistas venidos de todos los universos políticos imaginables, a los que hay que pedir, como hizo Durazo el sábado, que en campaña no anden denigrando a sus compañeros ni hagan leña del árbol que les ha dado sombra política (es decir, Morena).

En eso están.


  • Denise Maerker
  • Periodista con amplia trayectoria en medios de comunicación, ha sido la cara de importantes noticieros como "En Punto", y "Atando cabos". Su enfoque claro y directo en los temas de coyuntura la ha convertido en una de las figuras más confiables del periodismo mexicano.
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