Algo más va a pasar en Culiacán

Ciudad de México /

M+.- Como parte de un documental que estoy realizando, he viajado a Culiacán media decena de veces en el último año. Bajo la prolongada guerra entre facciones del cártel de Sinaloa y la crisis política que ha llegado a uno de sus puntos más altos en días recientes, me parece que una nueva realidad se asoma en la ciudad.

Desde el siglo pasado Culiacán ha sido narrada —y en parte se narró siempre así a sí misma— como la capital mexicana, incluso mundial, del narcotráfico. Sin embargo, algo ha ido quedando en evidencia tras el secuestro y la extracción de Ismael El Mayo Zambada, el último patriarca del sistema político-económico-criminal que operó durante décadas en Sinaloa.

Las actuales acusaciones del gobierno de Estados Unidos contra Rubén Rocha Moya y distintos integrantes de la clase gobernante actual terminaron de revelar el desgaste, por no decir colapso, de una estructura de poder construida históricamente a partir de una zona gris de legalidad, negocios y captura criminal.

Pero no es solo una economía ilegal la que está desmoronándose, sino también el relato que daba una identidad poderosa y contradictoria a la vez a Culiacán, como la tierra de los grandes capos. Hasta ahora, el narco era una forma de imaginar o no la vida y el éxito en la ciudad, así como también una estética en sí misma; sin embargo, la cultura que surgía de esa imaginación parece haber quedado hoy en el desconcierto.

En mis viajes recientes me ha tocado pulsar una incomodidad ciudadana en aumento con lo que antes se normalizaba y una especie de hartazgo social suspendido en el aire, esperando que algo pase. No es aún un movimiento organizado, pero sí se percibe la sensación colectiva de que el relato que daba cuerpo e identidad a una de las ciudades más importantes del norte de México ya se jodió.

¿Y ahora qué sigue?, ¿cómo se cuenta Culiacán a sí misma después del derrumbe de su propia narrativa?, son preguntas que me ha tocado atestiguar que se hacen culichis de diversas generaciones y clases sociales. En medio de ese vacío me gusta pensar la ciudad a partir de figuras locales que, sin negar la realidad que se ha vivido por décadas en su tierra, producen otro tipo de orgullo, como el escritor Élmer Mendoza, la artista conceptual Teresa Margolles, el boxeador Julio César Chávez, el investigador Luis Astorga, el artista gráfico Dante Aguilera y en especial una diversidad de colectivos emergentes de periodistas, activistas y víctimas que creo que se mueven bajo convicciones parecidas a las de mi querido amigo y colega culichi, Javier Valdez, asesinado en 2017, el año en que para mí empezó a joderse Culiacán.

Sabemos que una crisis profunda como la que está viviendo Sinaloa está abriendo un umbral para algo nuevo, pero también sabemos que no todo umbral se cruza siempre. Si bien existe el riesgo de que el caos y la violencia actual den pie a un relevo generacional que organice el crimen y la política de siempre a partir de otros nombres, creo factible también pensar que en medio de esta fractura va a surgir una idea nueva de ciudad, una que no necesite del narco para explicarse a sí misma.

Estoy seguro de que algo más va a pasar en Culiacán. La pregunta es qué.


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