El mundo después del Mundial

Ciudad de México /
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M+.- Amanecí en Red Hook, entre bodegas industriales, cada una más interesante que la otra. Mi favorita era en la que pernoctaban los carritos averiados de Hot Dogs, Bagels y Falafels que suelen tomar posesión de las esquinas más bullangueras de Manhattan. Al caminar por ahí se me apareció Lorca con su Oficina y Denuncia. “Todos los días se matan en Nueva York/ cuatro millones de patos,/ cinco millones de cerdos/ dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,/ un millón de vacas,/… que dejan los cielos hechos añicos/”.

Aquella matanza gustosa y esos cielos agonizantes aún están aquí, no importa que gobierne Mamdani. Por culpa de la lluvia negra no pude aterrizar el sábado y por culpa de la del martes me quedé sin despegar. Así es que llegué tarde y salí aún más tarde de una ciudad que celebró en castellano la final de un Mundial de futbol que me tocó ver en el Village, donde se abucheaba a esa dupla napoleónica de Trump e Infantino que pretendía levantar la copa y colarse en la foto oficial del equipo campeón.

¿Y después del Mundial?, ¿qué otra enajenación global nos distraerá? La multitud que somos necesita algo nuevo en la pantalla. Cuando dilucidábamos al respecto por Whatsapp, mi amigo editor y astrólogo, Andrés Ramírez, atajó lo vano de la conversación: seguiríamos en mercurio retrógrado hasta la siguiente semana. Sin embargo, hace demasiado tiempo que siento que ningún planeta orbita ya en directo.

Al día siguiente de la Final, muy temprano, amanecí esta vez en la Corte de Brooklyn, junto a una veintena de reporteros que estábamos esperando acceso para la audiencia en la que se dictaría sentencia a Ismael Zambada García, El Mayo, el capo mexicano más poderoso y misterioso de los últimos tiempos, quien después de ser llevado ilegalmente a EU recibió cadena perpetua por parte de la justicia americana.

Tras el acto formal y expedito celebrado en un tiempo perfecto de 33 minutos, decenas de agentes de DEA, FBI y DHS se colocaron a espaldas de sus jefes, mientras estos daban declaraciones a la prensa con su personal y la Corte de fondo. Concluido el performance, me dirigí al metro de High Street-Brooklyn Bridge, rumbo a Bryant Park para ir a trabajar un rato en la Biblioteca Pública de NY. 

En el camino saqué mi ejemplar firmado de Honrarás a tu padre, de Gay Talese. Me puse los audífonos y sonó “Sinaloa Cowboys”, de Bruce Springsteen. Otro pasajero que estaba justo frente a mí traía una camisa que llamó mi atención. No era de Argentina ni de España, ni siquiera de mis Chivas o mi Rayo Vallecano. Era una que tenía la frase “Fuck ICE” bordada a mano.

Así dejaba atrás el Red Hook y ese mundo lorquiano, “donde el Hudson se emborracha con aceite”. El paisaje iba cambiando, pero sonaba la misma canción.


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