El ping pong como destino

Ciudad de México /

SERIE PERIODÍSTICA “MUERTE SÚBITA”. CAPÍTULO VIII

En 1991, aceptó irse a vivir lejos de Neuquén durante casi un año. Especial

Neuquén se convirtió en la ciudad más importante de la Patagonia y dejó de ser uno de esos territorios perdidos donde solamente te llevaría un tren fantasma. Gente de otras provincias argentinas llegó atraída por la prometedora bonanza bajo la llanura rojiza de los alrededores, rica en petróleo casi tanto como en fósiles de dinosaurios. A dicha búsqueda quedó ceñido el destino de Mario Palacios Montarcé y su familia, originarios de Darwin, un pequeñísimo y furtivo pueblo de la cercana provincia de Río Negro, que debía su nombre al científico naturalista que realizó experimentos en esa tierra desolada.

Antes de abandonar Darwin, a los once años, para partir a Neuquén, Mario vivió su infancia consentida por ser el más pequeño varón del matrimonio entre el maquinista de trenes Julio Palacios y su esposa, Doelia Montarcé, padres también de otras tres niñas mayores que Mario: Mónica, Patricia y Graciela.

El primer barrio de Neuquén al que llegó la familia Palacios Montarcé fue una colonia ferrocarrilera que a los cincos años fue demolida para construir el parque central de la boyante ciudad que brotaba por entonces. Al poco tiempo, los Palacios Montarcé tuvieron que mudarse a otra vivienda, que también fue destruida cuando al gobierno le urgió erigir monumentos a los soldados argentinos caídos en la guerra de Las Malvinas.

Durante la dictadura argentina, que dejó más de treinta mil desaparecidos políticos entre el 76 y el 83, los Palacios sufrían. La madre de Mario comenzó a trabajar en una maquiladora, donde además de cumplir un turno como obrera, ganaba dinero extra llevando a los demás trabajadores a sus casas. Al igual que sus hermanas, Mario no pudo terminar sus estudios de bachillerato y empezó a trabajar como ayudante de soldador, de mecánico, de electricista, entre otros oficios, hasta que una tarde supo que su destino en la vida era el ping pong.

Mario contaba que un día, jugando con Perengue —su tío Carlos—, se le acercó un hombre de rasgos orientales que no le había quitado la vista de encima durante varios minutos, mientras peloteaban. Después de presentarse, el hombre le preguntó si le interesaba ir con él a Concepción, Chile, a entrenarse en una escuela de tenistas de mesa talentos, dirigida por instructores chinos. En ese entonces, 1991, cuando aceptó irse a vivir lejos de Neuquén durante casi un año, Mario tenía veinticuatro años. El chino que descubrió su talento para el ping pong se llamaba Wu Hong.

Academia Paraíso de Tenis de Mesa se llamó el lugar que fundó Mario cuando regresó a Neuquén. Entusiasmado por su experiencia en Chile, donde se practica uno de los mejores tenis de mesa de Latinoamérica, consiguió que una de las empresas petroleras asentadas en la región le rentara a bajo costo un depósito inutilizado, el cual limpió y habilitó para convertirlo en un club de ping pong que contaba con restaurante y ocho mesas que él mismo había construido con sus propias manos. “Es el mejor club que ha habido en la historia de Neuquén a la fecha”, me dijo Óscar Ottón, el entrenador de la selección argentina de tenis de mesa, quien tomó clases ahí. Pero la Academia Paraíso duró lo que un lirio. A pesar de que hubo hasta veinte personas inscritas en las clases de Mario, al cabo de unos meses tuvo que cerrar, pues los ingresos alcanzaban nada más para pagar la renta.

Los años siguientes, Mario siguió tratando de ganarse la vida como instructor en centros comunitarios y clubes administrados por el gobierno, pero la afición de los argentinos por el futbol, el basquetbol y el rugby, dejaba poco margen para el ping pong, un deporte que en muchos lugares de Latinoamérica aún es visto con un aire cómico que impide considerarlo como una disciplina seria y profesional, a pesar de que la NASA lo tiene tan bien catalogado, que lo ubica como la actividad deportiva más complicada que existe.

Ya en México, Mario recordaría con desagrado la falta de apoyo gubernamental al ping pong en su natal Neuquén. Platicaba con enfado que lo que había aprendido de los gobiernos argentinos que le habían tocado, era que nada debías pedirles, porque nada te sería dado por ellos. “No te enfermes, que nadie te ayudará. No pidas que construyan un club de tenis de mesa porque nunca lo construirán. No le des la espalda nunca al poder porque el poder lo es todo”, solía lamentarse.

***

Óscar Ottón está preparando a sus alumnos para un torneo que se realizará en el verano en la Patagonia. Interrumpe un momento las prácticas, para conversar sobre su maestro y amigo.

—¿Cómo se enteró de la muerte de Mario?

—Bueno, lo supe por los periódicos de acá en Neuquén y porque recibí una llamada telefónica de la mamá de Mario, un día en la mañana. La verdad me costó mucho asimilarlo porque después de haber pasado un tiempo largo sin vernos y de tener noticias muy borrosas de él, pensando que posiblemente estaría trabajando en México, nos volvimos a encontrar en 2003 en Santa Clara, Cuba, en el marco de un campeonato latinoamericano en la categoría 15.

—¿Qué fue lo que le dijo en esa llamada la señora Doelia?

—Lo que me comentó fue que a Mario lo habían matado en una panadería, en un negocio de pan al cual acudía habitualmente, cerca del lugar donde él vivía. Que habían entrado a asaltar la panadería, Mario había tratado de interponerse y como consecuencia de esa acción, terminaron por matarlo. Luego supe otras versiones sobre lo que sucedió.

—¿Cómo supo de esas otras versiones?

—Algún entrenador de México que estuvo con la selección mexicana en eventos internacionales, donde me encontré con ellos, me contaba que habían muchas dudas con respecto al motivo de la muerte de Mario. Esto también me lo dijo el papá de dos de sus alumnos en el Club Toluca, donde Mario se desempeñaba como profesor. Al parecer, en la investigación que se realizaba quedaba descartada la hipótesis de asalto a ese lugar.

Por lo tanto, si no fueron a asaltar el comercio, la alternativa más viable que quedaba era que fueron por Mario.

—¿Por qué cree que fueron por Mario?

—Es muy poca la información actualizada que tengo al respecto, pero todo indica que los motivos del asesinato, al no estar claros, sin lugar a dudas indican que no fue un robo común por el cual le hayan ido a sacar la cartera o el reloj. Debe haber otras razones ocultas o políticas o de otra índole que no me es posible definir en este momento. Y conociendo cómo es la justicia acá en mi país con la gente que no tiene los medios, para pagar investigadores o abogados, es posible que nunca se sepa la verdad. 

(CONTINUARÁ…)


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