El 'Pueblito' de Juan Gabriel

Ciudad de México /

Entre los años setenta y ochenta Juan Gabriel le dio a Alberto Aguilera fama, dinero, excesos y propiedades. Compró casas como quien colecciona intentos de hogar: Acapulco, Ciudad de México, Las Vegas, Juárez, San Carlos, Los Ángeles, Cuernavaca. Cantó en palenques, en auditorios y en estadios. Se volvió un símbolo popular y una extraña y feliz anomalía cultural mexicana: un joven sensible que deconstruía la figura del ranchero bragado, lograba convocar a millones con su talento en un país profundamente machista.

Pero en 1990, tras sus célebres conciertos en el Palacio de Bellas Artes que lo consagraron como el gran artista nacional, el impulso cambió. Alberto ya tenía buena parte de lo que había deseado, solo le faltaba algo que lo marcaba desde su dura infancia: una familia.

Alrededor de los cuarenta años de edad, consciente o inconscientemente, Alberto empezó una búsqueda que lo llevó primero a fundar un orfanato en Ciudad Juárez. Luego adoptó a un hijo adolescente, después llegó un bebé, luego otros. Algunas mujeres que lo ayudaban en los cuidados de sus hijos se convirtieron en figuras centrales de su vida, compañeras afectivas, madres incluso de algunos, pilares de un hogar que parecía improbable.

Por esos años, Alberto tomó una de las decisiones más importantes de su vida: mudarse a Santa Fe, Nuevo México, a un rancho que compró y bautizó como El Pueblito. Desde que vi las primeras imágenes del lugar en el archivo familiar, lo percibí como una especie de réplica sentimental de Parácuaro: casas, árboles, una plaza, una capilla, columpios. Un pueblo michoacano levantado en Estados Unidos para reparar la infancia perdida.

¿Qué era El Pueblito para Juan Gabriel?, ¿un intento desesperado por reorganizar la herida infantil de Alberto?, ¿un laboratorio emocional? Si uno revisa el archivo, en ese lugar, Alberto vivió una especie de felicidad inédita: navidades con sus hijos, cumpleaños, fotografías familiares y videos donde aparece sonriendo sin maquillaje.

Sin embargo, por diversas razones que aún no están del todo claras, el experimento se fracturó. Se generaron tensiones internas y en medio de ello, la relación con su histórica manager, Paz Alcaraz, se rompió para siempre. Vinieron pleitos por dinero, casas, decisiones artísticas, todo.

Con el paso del tiempo, El Pueblito empezó a desmoronarse del mismo modo en que había sido construido: desde adentro. Por años, Juan Gabriel dejó de dar conciertos seguidos, de aparecer mucho en televisión y de grabar discos. Alberto redujo parte de la vida pública de su alter ego para intentar atender en Santa Fe, Nuevo México, una de sus mayores carencias en la vida. Ese doloroso proceso concluyó con un regreso de Juan Gabriel marcado por un disco que tituló: Gracias por esperar.

Siempre me pareció que ahí, en El Pueblito, está la clave para entender de forma humana la tragedia de la persona detrás de nuestro gran ídolo.


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