Cuando era niño imaginaba el Far West a través de los libritos vaqueros de Estefanía que tenía mi padre en el buró de los calcetines. El Lejano Oeste era el lugar de la expansión, de la conquista, de las promesas, donde los personajes avanzaban a través del horizonte convencidos de que algo mejor los esperaba al final del camino.
El Norte que viví durante la guerra del narco se parecía poco a aquel paisaje. Era un Far West diferente. La modernización, las promesas y la fiesta habían llegado y se habían ido. Sentía eso cuando viajaba por el abismo de La Ribereña, una carretera que acompaña al Río Bravo, entre poblados pequeños de inmensos horizontes atribulados, o en Ciudad Mier, con sus calles vacías, sus convoyes armados circulando y sus paredes perforadas de balas.
Una llanura poblada por maquiladoras decadentes, cruces de carretera, pueblos vacíos, retenes militares, fosas clandestinas y ciudades en colapso. Un western donde la pregunta central era cómo seguir viviendo entre ruinas.
Fue entonces que apareció Santa Teresa (no Teresa Margolles), la ciudad imaginaria de Roberto Bolaño establecida en la Sonora donde vivo ahora, pero que sospechosamente se parece tanto a la Ciudad Juárez en la que Fronchi ha gastado la mayor parte de su kilometraje.
Siempre me gustó Santa Teresa como exageración literaria para nombrar el oasis de horror baudelaeriano, pero he recorrido suficientes veces el Norte para saber que su realidad es todavía más extraña que la de esa gran novela del siglo XX.
En 2666, Bolaño convierte a Ciudad Juárez en un territorio mítico donde la violencia parece brotar de la tierra. Los personajes llegan del otro lado del Atlántico buscando algo y terminan enfrentándose a un misterio incomensurable que nos supera a todos, norteños incluidos.
El camino que recorre Teresa Margolles es inverso, porque si Bolaño construye un mito, Teresa recoge las evidencias materiales. Si la literatura bolañesca levanta una ciudad imaginaria, la estética margollesiana levanta piedras, polvo, escombros, agua, árboles heridos y rastros de vidas concretas.
Levantar palabras de la ceniza cotidiana es el trabajo del poeta, dice Samuel Noyola, otro buscador norteño buscado.
En cualquier caso, Bolaño y Margolles comparten lo fundamental del abismo. Saben que el Norte ya es una geografía habitada por fantasmas y por buscadores. Por eso Fronchi me resultó tan cercana y REAL, porque no la vi como una pieza de arte, sino como un vehículo de la búsqueda existencial que el Norte hace de sí mismo. Bello Rocinante fronterizo en lares de escasez quijotesca.
Puedo imaginar perfecto a Fronchi como un caballo de acero desandando Santa Teresa, Ciudad Juárez, Monterrey, Reynosa, San Fernando, Nuevo Laredo, Allende, Culiacán y todas las ciudades reales e imaginarias en las que una parte de mi generación ha intentado comprender qué carajo ocurrió con este país y con el mundo.
Cuando recorría la exposición con la curadora Taiyana Pimentel volví a pensar en todas aquellas personas que siguen buscando algo. Los que buscan justicia, los que buscan trabajo, los que buscan refugio, los que buscan memoria, los que buscan a sus muertos, los que buscan a sus desaparecidos, los que buscan una explicación, los que buscan una salida.
Entendí que el título de la exposición no era solamente una pregunta curatorial. Era nuestra pregunta generacional: ¿Cómo salimos?
No lo sé. Nadie lo sabe todavía.
Imagino que Fronchi sigue avanzando por el desierto y los montes lejanos de la regia Macroplaza, porque la búsqueda continúa, y porque en el Norte, como en las novelas de Bolaño y en las carreteras de la vida real, lo importante no es encontrar. Lo importante es seguir las huellas.
***
Texto curatorial de Taiyana Pimentel Paradoa sobre ¿Cómo salimos?:
Esta exposición reúne una selección de obras de la artista Teresa Margolles realizadas entre los años 2003 y 2025. El discurso se sitúa en relación con su producción en el norte de México y con algunas problemáticas de América Latina, puntualizando la tensión fronteriza en cada uno de los momentos de la muestra, tanto en su dimensión territorial como en su vínculo con el cuerpo.
El dolor y el vacío que deja la pérdida humana en la sociedad constituyen el centro discursivo de Margolles, quien, desde sus tempranos momentos forenses, fue delineando paso a paso el desmoronamiento emocional provocado por las muertes violentas y las desapariciones forzadas, desde el campo individual hasta el colectivo. Esta revisión abarca veinte años de práctica en los que se desplazan las geografías; sin embargo, no sólo no se modifica esta realidad, sino que se normaliza.
La práctica artística de Margolles se soporta en el concepto documental —desde la fotografía y el video hasta las evidencias—, mientras que en otras ocasiones se posiciona en relación con estructuras clásicas del arte contemporáneo, tradicionalmente asociadas a los minimalismos, pero impregnadas de elementos humanos, fluidos y experiencias relativas al dolor.
Tres nuevas comisiones hacen que el discurso se desplace desde la actualidad mexicana hacia la condición humana, situándose en aquellos momentos de la historia en los que la aniquilación del otro nos define.