'Fronchi' en el Far West

Ciudad de México /
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Llegué a una exposición retrospectiva de la obra de Teresa Margolles en Monterrey, la ciudad donde nací, pensando en el Norte como un espacio geográfico-mental. Salí pensando en las personas que, como esa legendaria artista sinaloense, buscan algo en medio de la nada.

A la entrada del Museo MARCO, antes de toparme con vidrios, piedras, fluidos, heridas, escombro y otros muchos tipos de huellas de vidas rotas, vi una vieja camioneta ochentera de buen nombre: Fronchi.

Estaba ahí, como un pequeño animal prehistórico merodeando por error los alrededores de la Macroplaza tras un cansado viaje por una carretera de montes vecinos o del lejano desierto de Sonora del que yo también provenía.

La vi un buen rato, sin perplejidad, como he visto otras camionetas norteñas importantes. Camionetas de colegas periodistas que recorren carreteras raquíticas de pueblos en los que ocurrió una masacre no reportada oficialmente, camionetas de madres buscadoras que salen al alba hacia parajes desolados con sospecha de ocultar fosas clandestinas, camionetas de migrantes de todo el mundo recorriendo la inmensa noche mexicana... Camionetas militares, narcas, policiales, obreras, artísticas…

Y nunca había visto una camioneta así a la entrada de un museo. Por eso Fronchi me produjo una sensación que no me puedo sacar de la cabeza, porque no parecía una pieza de arte contemporáneo. Era, lo supe luego, una máquina de crónicas que acumulaba polvo, kilómetros, conversaciones y testimonios.

Al verla invoqué un mantra que creo haber leído en algún libro budista de hotel de paso al que me aferraba una y otra vez mientras recorría, no sin miedo, la frontera noreste de México con Estados Unidos para hacer mi libro de La guerra de los zetas. “Viajar es huir o buscar. No hay más”.

Siempre que pensaba eso me enfocaba en periodistas detectives, migrantes aventureros o vaqueros desplazados. Mi mantra invocaba también a una generación entera, la de los jóvenes zetas mexicanos, me atreví a escribir una vez.

En el Norte todos estamos buscando algo: cruzar al otro lado, volver a casa, a nuestros hijos desaparecidos, rutas para negocios, o territorios para explotar recursos o para vivir en paz o para sobrevivir como sea o sólo para ser y estar según nuestro modo. Fronchi busca también las huellas de todo eso. 


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