La tragedia de Alberto

Ciudad de México /

Alberto Aguilera nació en Parácuaro, Michoacán, en una casa pobre donde la luz entraba en diagonal. Al poco tiempo, su padre, Gabriel Aguilera, se volvió loco frente a todo el pueblo: quemó el campo, destruyó la tierra ejidal donde trabajaba la comunidad, gritó desaforado hasta que se lo llevaron a un manicomio de la capital. Su madre, Victoria Valadez, quedó sola con diez hijos. Un día empacó lo que pudo, se fue al Norte y estando ahí llevó al menor de todos, Alberto, al orfanato de Ciudad Juárez. Aunque le dijo que volvería por él, nunca volvió.

Ese gesto -el abandono como punto de partida- es el eje de toda una vida. En su vasto y disperso archivo personal hay una grabación de 1983 en la que Juan Gabriel -el bello y memorable alter ego de Alberto-, lo cuenta: “Nunca superé que mi mamá me dejara ahí”. Lo dice sin rencor, con una tristeza resignada. El orfanato juarense se convirtió en una especie de origen mítico: el sitio donde aprendió a cantar para existir.

En la estupenda serie de Netflix dirigida por María José Cuevas, algunas imágenes aparecen envueltas en una narrativa iluminada. Cuando por azares pandémicos a mí me tocó mirarlas hace unos años durante varios meses, no tenían música ni montaje. Eran trozos sueltos, cartas crudas, fotografías rotas. Verlas así me obligaba a enfrentar el silencio real de un niño.

Por aquel entonces sentí que Alberto aprendió a vivir en Juárez como un espectro. Dormía en un catrecito, trabajaba barriendo patios, cargando agua, cuidando gallinas. Cantaba en todos los lados que se podía: en los pasillos, en el comedor, en la lavandería. Buscaba una forma de no sentirse invisible.

Su adolescencia estuvo marcada por la búsqueda de un nombre. Antes de ser Juan Gabriel, antes incluso de considerarse artista, quiso ser simplemente alguien. Su primer alias fue Adán Luna. Con ese nombre cantó en bares, centros nocturnos y carpas de feria; viajó a Tijuana, trabajó en un club nocturno y a lo largo de la frontera conoció a trabajadoras sexuales que lo cuidaron como a un hermanito.

También cruzó al otro lado, donde lavó platos, cantó para migrantes y probó suerte en California. Ese mismo viaje lo enfrentó a un doloroso episodio que mencionó poco de manera pública: el abuso sexual cometido por un pastor cristiano. No dio detalles, pero dejó claro que lo marcó. Dicho trauma silencioso reverbera en sus discos más tristes, que por fortuna y resiliencia, no son tantos. La dicha de Juan Gabriel fue la versión opuesta de la tragedia de Alberto.

A finales de los sesenta decidió irse a Ciudad de México. Llegó con un puñado de canciones escritas en libretas que todavía se conservan, algunas manchadas de grasa y polvo. Cantó en restaurantes, en plazas y donde se pudiera. Lo rechazaron de estudios de grabación, de disqueras, de teatros, hasta que lo acusaron falsamente de robo. Sin dinero ni contactos para defenderse, fue encerrado injustamente en la cárcel de Lecumberri. Tenía veinte años y Alberto entró así por la puerta equivocada al mundo adulto, pero en ese infame palacio negro aprendió a esperar y a cantar y a resistir.

Cantaba para los internos hasta que el general que dirigía el lugar lo escuchó y lo convirtió primero en su fetiche y luego en su protegido. Así salió de prisión directo a un estudio para grabar su primer disco, Alma Joven. Con ese disco no solo nació un cantante: nació un escudo. Juan Gabriel fue la máscara luminosa que Alberto Aguilera necesitó para no romperse.

Sí, la voz que aún nos hace cantar gozosamente a millones es, en realidad, la forma más sofisticada que tuvo un niño abandonado para pedir auxilio sin que nadie lo notara, para no ser invisible.


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