Cuando los conflictos internos de El Pueblito se desbordaron, Alberto Aguilera hizo lo que siempre hacía ante el caos: regresar a Juan Gabriel. Su figura pública lo protegía del derrumbe privado, por lo que, tras su largo silencio creativo lanzó “Gracias por esperar”.
Y volvieron las giras, los viajes sin descanso para dar conciertos en Venezuela, Chile, Argentina, Colombia, Perú… Pero algo había cambiado: Alberto ya no era el ídolo que dirigía la orquesta desde Bellas Artes; era un padre agotado, un artista endeudado, un símbolo acorralado por el mismo sistema que antes lo aclamaba.
Para sobrevivir económicamente hizo acuerdos cuestionables con el PRI de Ernesto Zedillo, ese falso prócer de la democracia: conciertos a cambio de perdones fiscales, un pacto que lo marcaría. En su archivo personal y la investigación que hicimos se repetía una frase de lamento y coraje de Juan Gabriel: “No había otra salida, pinches priistas”.
Su viejo amigo Paquito lo convenció de establecer una mansión en Las Vegas: un lugar de fiesta, parejas y distracción. Quizá era un intento por llenar el hueco que había dejado El Pueblito. El problema es que la fiesta nunca compite ni sustituye la herida.
En medio de eso, Ralph Hausser, un empresario norteamericano que solía ser su aliado, comenzó a perseguirlo legalmente con acusaciones por incumplimientos de contrato, así como amenazas y filtraciones. En un país como Estados Unidos, donde el espectáculo es también una inmensa maquinaria jurídica, Juan Gabriel se volvió el blanco perfecto de un poderoso tiburón del entretenimiento gringo.
Bajo esa campaña de Hausser llegó la entrevista. Un conductor de televisión de penoso andar por Nuevo León, Fernando del Rincón, quizá inducido por Hausser, le preguntó con la malicia de los malos periodistas sobre el joven Daniel Riolobos y sobre su orientación sexual. Dicha presión morbosa llevaría a que Juan Gabriel respondiera con una frase que ya es parte del ADN cultural de nuestro país: “Lo que se ve no se pregunta”.
Al revisar con detalle la grabación original de este hito generacional, la respiración de Juan Gabriel se entrecorta. Tomando en cuenta el contexto, quizá la frase no viene del ingenio de Juan Gabriel, sino del cansancio de Alberto Aguilera, el de alguien que defiende su dignidad ante una cultura que lo amaba en el escenario y lo humillaba en la vida privada.
No cesó el escándalo, obviamente. Hausser intensificó su guerra mediática a través de cierta prensa estadounidense que insinuaba -sin pruebas- relaciones impropias. En medio de esas guerras regresó a su Juárez del alma para un concierto en el palenque. Apenas había bajado del avión cuando policías federales lo cercaron. Tenían una orden de aprehensión por supuestos problemas fiscales. Algunas cámaras grabaron el momento: un hombre de sesenta años, exhausto, entregándose sin resistencia a la injusticia mexicana.
Juan Gabriel fue llevado a la cárcel municipal, donde cientos de personas cantaron afuera toda la noche. Adentro, según testimonios, cantó para otros internos. Cuenta la leyenda que interpretó Amor eterno y al terminar murmuró algo así como: “Todo empezó en un lugar como este”. Era cierto, la vida estaba cerrándose sobre sí misma en un círculo trágico.
Pocas horas después lo liberaron y fue directo al palenque de Juárez, donde miles lo esperaban para oírlo cantar. Después de ese concierto igual de o aún más épico que el de Bellas Artes, desapareció un rato del mundo público. No del todo, pero sí de esa forma expansiva con la que vivía. Alberto buscó un sitio para empezar de nuevo. De manera improbable, lo encontró a la orilla del caribe.