Mi madre, la ley y el orden

Ciudad de México /

Mi madre no veía mucha tele, pero durante sus últimos años podía pasar horas mirando La Ley y el Orden en la sala de su casa. A veces me sentaba con ella en el sillón para ver juntos un episodio de ese programa policial gringo. Cada capítulo transcurría más o menos igual: detectives en turno que intentaban reconstruir un crimen doloroso, fiscales buscando articular el nombre de la injusticia cometida y jueces escuchando las diferentes versiones antes de dar su veredicto.

Crimen, investigación, juicio y redención. Disfrutaba como casi ninguna otra cosa en la vida acurrucarme junto al regazo de mi madre en su sillón, pero había también algo reconfortante en ese ritual televisivo en sí mismo: Todos los casos tenían resolución y eso daba cierta sensación de orden frente al caos del mundo.

Me parece que a ella le gustaba esa serie noventera porque la hacía sentir que frente a la violencia había alguien dispuesto a buscar la verdad. Mi madre tenía un espíritu justiciero profundamente humano. No soportaba el abuso ni la indiferencia. Le dolían todas las injusticias, en especial las más pequeñas. Hablaba de ellas con una mezcla de indignación y dulzura que siempre me impresionó.

En La Ley y el Orden suele haber alguien que escucha a las víctimas y la realidad trágica no está entregada por completo a la impunidad. Esos detectives, por más estereotípicos que sean, son valerosos porque se niegan a aceptar la oscuridad como destino, y así es como cada crimen plantea al espectador una pregunta moral sobre el mundo.

Hace más de tres años, cuando los queridos colegas Paula Mónaco Felipe y Miguel Tovar me invitaron a que DETECTIVE produjera un documental a partir de la inmersión periodística que estaban realizando dentro de la Fiscalía de Feminicidios de la Ciudad de México, me mostraron algunas imágenes impactantes que habían filmado: policías patrullando la capital de noche, peritos con luminol en medio de la penumbra y ministerios públicos corriendo de un lado a otro.

En dramas policiales como La Ley y el Orden, el sistema siempre funciona. Sin embargo, la realidad de México es tan apabullante que impide tener expectativas razonables del buen funcionamiento judicial. Tras conversar con Paula y Miguel, conocí en persona a Sayuri Herrera, la activista y abogada defensora de derechos humanos que había llegado por concurso a encabezar la Fiscalía de Feminicidios capitalina en el año 2020.

A lo largo de mi oficio de reportero he conocido a varios abogados, policías, fiscales y jueces, pero me sorprendió la mezcla poco común de firmeza y ternura que mostraba Sayuri en su afán de investigar y resolver feminicidios, a sabiendas que, a diferencia de las ficciones policiales gringas, la justicia cabal en nuestro país depende más de la lucha humana que de las instituciones responsables de garantizarla.

Bajo esa convicción -y ese conflicto- se fue gestando una serie titulada “la fiscal” (sí, así, en minúsculas) que documenta el trabajo y las dudas de Sayuri y su equipo para buscar la verdad y la justicia, aun cuando el Estado, más que una estructura estable y confiable, es un campo de batalla permanente donde se agazapa el enemigo. Y si en La Ley y el Orden las víctimas son el punto de partida; en la fiscal son el centro vital del relato. Porque detrás de cada feminicidio está la vida de una hija, hermana, pareja, nieta, amiga o mamá...

Me hubiera gustado sentarme con mi madre a ver esta serie. Acurrucarme junto a ella en el sillón y sentir el orgullo sencillo de ser hijo de alguien que nunca dejó de creer en la justicia cabal.


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