Pancho Garfias tras bambalinas

Ciudad de México /
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A finales de 2003, durante la 59 Legislatura, Francisco Garfias me enseñó los entresijos de San Lázaro. Pancho era el cronista parlamentario de MILENIO cuando me tocó llegar a reportear la fuente a mis 22 años, después de una temporada en Madrid, desde donde escribía para este periódico la columna Freak Escribe. Ad hoc a ese nombre, por entonces me había dejado el pelo largo y me la había pasado reporteando protestas por la invasión de Irak, el desastre causado por el buque petrolero Prestige y los conflictos del País Vasco.

Para un nómada regiomontano más montano que regio como yo, recién desembarcado de la jungla española, la vida sedentaria y protocolaria de la Cámara de Diputados era un auténtico desafío. Recuerdo que fui a Eje Central 1 a comprar un par de sacos para disfrazarme de persona normal y a la Ciudadela por decenas de revistas Proceso de los 90 para identificar proezas y grillas de los personajes de aquella Legislatura: Elba Esther Gordillo, Manlio Fabio Beltrones, Francisco Barrio, Manuel Velasco, Pablo Gómez, Germán Martínez, Emilio Chuayffet y tantos otros nombres que aún deambulan.

Por las noches, para tratar de aclimatarme a mi nueva realidad, después de mis primeros días reporteando, veía una y otra vez El Padrino I y II, de Coppola, en la habitación 405 del Hotel Virreyes, donde viví ese primer año de cobertura legislativa. Además de Fernando Damián y Heliodoro Cárdenas, Pancho se volvió una especie de Caronte que me ayudaba a cruzar las aguas de la política mexicana.

Las revistas viejas y Coppola me daban antecedentes e inspiración para dilucidar las relaciones de poder, pero, en el fragor de la batalla diaria, Pancho me ayudaba a entender lo que tenía enfrente de mí. La fuente parlamentaria exigía conocer procedimientos farragosos y artes ocultas para descifrarla. Siempre había que tratar de reconstruir lo que sucedía tras bambalinas, leer entre líneas las decenas de declaraciones diarias y entender lo que se negociaba más allá de los discursos en la tribuna.

La experiencia de Pancho era una orientación valiosa y, en un oficio competitivo y a veces caníbal, que alguien con su mirada y oficio dedicara tiempo a un reportero desgarbado y joven era una forma concreta de generosidad que nunca he olvidado.

Me enteré de su muerte el domingo pasado, a través de un mensaje en X de la colega Fabiola Guarneros, en el cual ella contaba cómo Pancho la había tomado de la mano para enseñarle a cubrir la Cámara de Diputados en 1997, durante la LVII Legislatura. Al vuelo, se me vino también a la mente el recuerdo del maestro certero y entusiasta crítico de la política.

Durante varios años, Pancho había sido corresponsal en París para el Excélsior de Regino Díaz, tema que para mí, scheriano de corazón, resultaba una especie de agravio. Mi admiración por don Julio Scherer me predisponía contra aquel periódico; sin embargo, conocer a Pancho me ayudó a mirar a un periodista por su trabajo y su trato, más allá del medio y circunstancia de la que provenía.

Pancho fue referente de ese periodismo que conoce los códigos del poder y sabía entrar a sus oficinas sin dejar el sentido crítico en la puerta. Por décadas siguió el curso de la política, cuestionando continuidades y veleidades, pluma y libreta en mano. No dudo que siguió compartiendo lo aprendido con más forasteros recién llegados a la Cámara, así es que su amplio conocimiento legislativo es posible que siga trabajando en otras miradas, otras preguntas y otras crónicas. El 20 de octubre, San Lázaro le rendirá homenaje póstumo. Ese día que lo recuerden, quizá guarden un minuto de silencio. En cambio, Pancho les dejó décadas de preguntas sobre lo que ocurría tras bambalinas; por eso su homenaje, además de agradecerse por justo, habrá de leerse entre líneas. Al terminar, tribuna y pasillos volverán a atiborrarse de discursos, traiciones y ambiciones.



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