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SERIE PERIODÍSTICA ¿QUÉ MÁS PODEMOS HACER? / PRIMER ROUND

“Para ser campeón no tienes que tener nada... esa es la verdad”. Especial



Nunca me imaginé hacer llorar a Mike Tyson. Ni siquiera conocerlo en persona, pero la inmersión que he hecho estos años en la vida de Julio César Chávez me llevó a entrevistar en Las Vegas al campeón mundial más joven en la historia de los pesos pesados del box.

Tyson llegó puntual a un Airbnb de los suburbios junto a un par de colaboradores. Me impactó el rostro sereno marcado por su tatuaje tribal, el cuerpo macizo, la voz aguda y, sobre todo, unos ojos que deambulaban una ternura y furia que nunca había sentido en la mirada directa de nadie.

La entrevista era sobre quien considera su amigo desde hace más de treinta años. Quería que me hablara de Chávez, de su técnica, su disciplina, sus grandes peleas, su ascenso, cima, caída y resurrección. Sin embargo, conforme avanzó la charla, Tyson dejó de referirse a Julio como si se tratara de otra persona. Paso de ser “él”, a “tipos como Julio y yo”, hasta que al final sus respuestas se volvieron un “nosotros”. 

Tyson me contó que la primera vez que vio pelear a Julio fue contra Roger Mayweather. Chávez aún era un muchacho pero ya estudiaba obsesivamente a los grandes boxeadores, sobre todo cuando eran sus rivales, dijo Tyson. Mayweather tenía fama de haber derrotado sin demasiados problemas a varios mexicanos. Confiado en alargar su racha, el americano entró burlón al combate con un sombrero charro. Julio lo noqueó en dos rounds.

Creo que por hábito pugilístico, Tyson me platicó un poco de esta pelea y otras de Julio como si él fuera una especie de cronista histórico, hasta que de repente pasó de hacer el recuento de la carrera de su amigo a defenderla con una intensidad que por momentos parecía enojo. 

Lo que más resaltaba era que, siendo campeón, Julio “limpiaba” completas las divisiones que conquistaba, enfrentando a todos los rivales clasificados para disputarle, desde el primero hasta el décimo de la lista, algo que no pasa en esta época. Aquella era otra en la que los campeones mundiales defendían su cinturón hasta seis o siete veces al año.

“Peleó con todos. No hay nadie de quien se haya librado. Nadie debería siquiera intentar compararse con él”, precisó, pese a que todavía no le preguntaba yo sobre otros campeones mexicanos. Tyson me explicó que Julio no era simplemente un fajador con una resistencia extraordinaria. “No le pegaban mucho, por eso en casi todas sus peleas tiene la cara limpia. La gente lo hace ver como si tuviera la cara de granito. Eso no es cierto. Era un boxeador inteligente, tenía el talento de saber mover la cabeza”.

Poco a poco pasamos de las descripciones técnicas de Chávez para hablar de la persona. “Es muy emocional. Llora por cualquier cosa. Le das una historia triste y él te dará cada dólar de su bolsillo. Tenía el mundo en su espalda. Tenía mucha gente en México. Tenía tanta gente con la que andaba: los colgados, sus amigos, tenía mucha gente, mucha presión con la que lidiar. Y se preocupaba por la gente. Él no es como los peleadores de ahora. A ellos no les importa un carajo esto. Julio se preocupaba por la gente”.

Tyson entendía esa carga porque había vivido algo parecido. “Él es un Cáncer como yo. Pensamos que tenemos el mundo sobre nuestras espaldas y que tenemos que cuidar de todos”. Le pregunté entonces qué necesitaba un joven que viene de la nada para poder convertirse en campeón del mundo. Tyson respondió contando que uno de sus hijos alguna vez le manifestó su deseo de boxear. A diferencia de Tyson, su hijo había crecido con comodidades, buenas escuelas y una vida sin las carencias que marcaron la infancia de su padre. “Para ser peleador, para ser campeón, no tienes que tener nada. Ésa es la verdad”.

Su frase me retumbó como una condena. Estos años que llevo de inmersión boxística han estado colmados de aforismos poderosos. Tyson y Chávez descubrieron muy pronto que su cuerpo podía ser una vía de escape. Golpear a otro hombre les daba dinero, respeto e identidad. Cada victoria les permitía alimentar a sus familias y sacar adelante a alguien del barrio. Perder no era solamente una derrota deportiva: era fallarle a toda la gente que dependía de ellos.

Le pregunté cómo se manejaba el miedo a la hora de subir al ring. “Claro que teníamos miedo, pero teníamos que alimentar a esta gente. Ahora seguimos teniendo miedo de que se mueran, de que no podamos cuidarlos. Eso es más importante siempre para gente como nosotros que tener miedo a pelear. Por eso lo seguimos haciendo”.

Llegamos entonces a la caída de Julio. Su derrota inesperada ante Frankie Randall en la inauguración del MGM Grand Arena, un frío enero de 1994, no muy lejos de donde estamos aquí en Las Vegas. Enlisté también los problemas fiscales de entonces con el gobierno de Ernesto Zedillo, las rupturas personales, los conflictos con Don King, las adicciones, la desaparición del dinero y el momento en que estuvo cerca de quitarse la vida.

Tyson conocía perfecto ese abismo. “Cuando sucede por primera vez, te das cuenta de que estás en bancarrota, pero no sabes por qué. Porque deberías tener dinero. Aunque un tipo así, cuando ganaba bien, iba a gastar un millón de dólares en un día, pero debía tener todavía dinero ¿entiendes lo que quiero decir? Trabajamos duro por todo lo que obtenemos, pero no obtenemos siempre todo por lo que trabajamos”.

Le comenté de la soledad que me había platicado Julio que sentía en esos momentos. Un vacío hondo. “Conozco esa sensación en la que simplemente estás solo, pero a veces es la sensación más pacífica, porque no teníamos paz con un millón de personas alrededor constantemente. En esa soledad es cuando vas a descubrir quién te ama de verdad”.

—¿Por qué aún pelea un boxeador después de perderlo todo? —pregunté.

Tyson se quedó callado.

—Mi hijo me preguntó eso. Me dijo: “¿Por qué tienes que pelear?”. No sabía qué decir...

Hubo otro silencio. 

—… Yo quería decir: “Por dinero”.

La respuesta, con la voz entrecortada, no lo convenció a él mismo.

—No sé hacer otra cosa para conseguir dinero. No sé hacer otra cosa. Por eso lo hacemos.

Y entonces comenzó a llorar.

La entrevista se detuvo. Uno de los miembros de su equipo pidió que nos apegáramos a las preguntas sobre Chávez. Pero para entonces la conversación ya había rebasado esa frontera. Tyson retomó: “Él ha tenido la misma vida que yo”. Le dije que me parecía que Chávez era en parte un espejo de él y viceversa. Tyson asintió. “No podemos hacer otra cosa. ¿Qué más podemos hacer?”.

El dinero había sido una parte de su respuesta, pero no toda porque Tyson, al igual que Julio, había protagonizado comerciales, participado en reality shows, comentado peleas y convertido su propia imagen en una industria. “Sé que puedo actuar. Pero ¿qué más podemos hacer para conseguir esa cantidad de dinero y cuidar de todos? La gente me mira y dice: ‘No deberías estar haciendo esto’. Pero esto es lo que sé hacer. Aunque muera haciéndolo, esto es lo que quiero hacer”.

Tyson parecía sorprendido y aún quebrantado por sus propias palabras. Después de eso, me dijo: “Todo lo que sé es cómo lastimar a la gente”. Me pareció que no lloraba por Julio. Lloraba por todos los boxeadores que llegan a la cima cargando el mundo sobre sus espaldas y terminan preguntándose quién diablos son cuando ya no pueden seguir sosteniéndolo.

Continuará...


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