El acero y las naciones

Ciudad de México /

Siempre será bueno que el gobierno dialogue con las cúpulas empresariales (como debe hacerlo con las organizaciones de trabajadores), porque los empresarios y los trabajadores son partes fundamentales en la vida y en el impulso de las naciones, y los gobiernos solo deben garantizar las condiciones propicias para lograr el desarrollo integral de los seres humanos en bien de la nación. Ir más allá es atropello.

De ahí a que en las condiciones actuales esos diálogos fructifiquen aquí, hay gran distancia, por dos motivos:

El primero, porque es histórica la recíproca repulsión entre López Obrador y los empresarios. Se detestan, se aborrecen entre ambos. Él no lo oculta en público, ellos no lo esconden en privado, aunque unos pocos están cómodos aumentando sus haberes y recordando un pasado a veces traicionero.

El segundo, porque su Alteza Pequeñísima se mantiene en lo único que sabe hacer: agredir, injuriar, difamar, destruir, dilapidar los recursos públicos y atizar el encono social. Los empresarios operan en la resistencia, defienden sus intereses (a lo que están obligados ética, económica y socialmente) e invierten lo menos posible porque no hay ley ni autoridad que los ampare de manera eficaz frente a las fechorías gubernamentales, la violencia creciente y la anarquía total. No son pocos los capitales y proyectos que han puesto pies en polvorosa y, salvo una veintena de beneficiados, los demás esperan que termine esta pesadilla.

El gobierno y los empresarios no han roto lanzas: aquél, después de arrasar con los ahorros que le dejaron los odiados gobiernos “neoliberales”, ahora trata de esquilmar a los que tienen, para mantener y aumentar su clientela, en sumisión ominosa, con los que no tienen. Eso explica que a los 20 o 30 grandes empresarios que, con nombres y apellidos, tildó Tartufo de “saqueadores de la nación” ahora los indemniza por la arbitraria cancelación de obras, les otorga nuevos y jugosos contratos y los agasaja en Palacio Nacional. Él y ellos ocultan públicamente sus desconfianzas y muestran la falsa alegría de la cohabitación necesaria y recíprocamente pagada. Si él no está capacitado para rectificar, a ellos no se les puede pedir que se suiciden, pero ya se verá en qué termina ese ayuntamiento cuando se recrudezcan la pobreza y la barbarie que van a todo galope.

Lo cierto es que, ante el endemoniado acoso y destrucción de nuestras instituciones, por parte de un oficialismo cavernario, los hombres y mujeres de buena voluntad estamos obligados a defenderlas como sea posible (empezando por el INE y el CIDE, A.C.), y a resistir para sobrevivir, conjurando las misas negras que celebra el siniestro hechicero tropical que “humildemente” se solaza en el Palacio de Hernán Cortés.

El acero se forja en el fuego, y las naciones en la adversidad.

Diego Fernández de Cevallos

  • Diego Fernández de Cevallos
  • Abogado y político mexicano, miembro del Partido Acción Nacional, se ha desempeñado como diputado federal, senador de la República y candidato a la Presidencia de México en 1994. / Escribe todos los lunes su columna Sin rodeos
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.