Masacres en nuestra historia reciente —desde 1968 a la fecha— han generado el síndrome del “horror por la represión”. Todo uso de la fuerza punitiva del Estado es hoy “represión”. Así, entre comillas.
Tlatelolco, Aguas Blancas, Ayotzinapa y otros episodios bárbaros y sangrientos han calado hondo en la sociedad y en los órganos del Estado. La sola idea de reprimir resulta tóxica para gobernantes y gobernados; porque se ha convertido indebidamente en sinónimo de brutalidad.
Si sumamos la gran incompetencia y corrupción en el despacho de las cuestiones públicas, es explicable el delito de comisión por omisión tan relevante en el ejercicio del poder en México. Por ello, nuestro máximo postulado es: “Aquí no se reprime a nadie” (aunque a veces sea solo literatura).
En otras palabras, los gobiernos han sido y siguen siendo permisivos, y la delincuencia —de todos los pelajes— es rampante.
Pongamos, pues, carteles para los visitantes: “Bienvenidos al país de la impunidad”.
Otra vez se corrobora que la corrupción de los pueblos comienza en su lenguaje. Cuando se prostituye el verdadero significado de las palabras se habita en una torre de Babel, donde todos quedamos incomunicados, en medio de falsos debates, gritos, mentiras y anarquía.
Si a los gobiernos que atropellan la ley y conculcan los derechos de los gobernados los llamáramos despóticos, y a los que matan seres humanos se les condenara por asesinos, no habría razón para olvidar que el Director de la Lengua Española nos recordaba en el I Congreso de la Lengua Virtual, en Babelia, que Octavio Paz, parafraseando el concepto de Andrés Bello, dijo: “…que por la corrupción del lenguaje empiezan otras corrupciones”.
Pues esa Real Academia nos enseña que represor es el que reprime; y que reprimir significa “contener, refrenar o moderar”. Pues —no más, no menos— es lo que deben hacer las fuerzas encargadas de la seguridad pública.
Hay razones teóricas y empíricas para cuestionar algunas partes de la propuesta sobre la Guardia Nacional, pero son corregibles.
Los primeros y más agraviados son nuestros soldados y marinos. ¡Cuánto darían ellos por que se les respetaran su vocación y profesión!
Sin embargo, mientras carezcamos de cuerpos policíacos capaces, confiables y bien tratados, aquellos no pueden regresar a los cuarteles.
Fuerte y claro han hablado desde hace años —y ahora con especial dureza— los secretarios de Defensa y de Marina. Nadie los ha desmentido, y no son tiempos para eufemismos, indefiniciones o cobardías. México no puede ni merece seguir en manos del hampa.
Para evitar una discusión indebidamente considerada solo semántica, la solución es sencilla: apoyemos a las autoridades en su lucha por “contener, refrenar y moderar” a los violentos, y que nadie pida que los repriman. Así, todos contentos.
El síndrome de la represión
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Diego Fernández de Cevallos
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