Lo conocimos después de un empellón

Ciudad de México /

Sucedió en 1963 (hace 54 años) en la Facultad de Derecho de la UNAM.

Serían alrededor de las 7 de la mañana del primer día de clases en el tercer año, cuando un grupo de aproximadamente 60 estudiantes esperábamos la llegada de quien sería nuestro maestro, a quien no conocíamos en persona pero sí sabíamos de su prestigio. La materia iba a ser Derecho Penal.

Sorpresivamente irrumpió en el salón un grupo de porros y, sin más ni más, con empujones, golpes y mentadas de madre nos instaron a salir del lugar, porque habían estallado la huelga en la referida facultad.

Excuso decir a usted el desconcierto y la violencia que reinaron en el aula: unos se replegaban al fondo del salón, otros se decían dispuestos a obedecer y otros más los encaramos alegando que no habíamos sido tomados en cuenta al decidir el mencionado paro.

Uno de los inconformes, en medio de aquella locura, arengaba a sus compañeros para hacer valer el derecho a la cátedra y se le hizo fácil, para ser más visto y mejor escuchado, dar un salto y plantarse sobre el escritorio del titular de la materia. Al punto de haber retomado su encendido rechazo y vigorosa resistencia recibió por la espalda un empellón que de inmediato lo puso de pie nuevamente en el piso. Volteó furioso para ir sobre su agresor, un jovencito moreno, flacucho, a quien supuso un huelguista, quien le respondió con manifiesta energía: “yo soy su maestro”.

Con la respectiva disculpa del estudiante y la expulsión de los revoltosos se inició el curso, conjurándose la intentona. El derribado era yo y el catedrático RICARDO FRANCO GUZMÁN. Así conocimos al maestro admirable y admirado, sabio y generoso, sencillo, alegre y cumplido, jurista que ha guiado a muchas generaciones de estudiantes de leyes a través de su palabra en las aulas y de su proceder en el foro.

Honrado con numerosos reconocimientos nacionales e internacionales, a sus 89 años de edad, 67 de abogado y 63 de profesor sigue siendo fuerte de cuerpo y joven de alma, teniendo siempre como uno de sus distintivos, consecuencia de los ya señalados, la caballerosidad.

La energía interior le permite seguir siendo maestro y continuar en el ejercicio de su vocación de litigante. La linda Finita —lamentablemente enferma— recibe de él, su compañero de vida, el amor que le prodiga con ternura.

Cuando tantos valores se han perdido, cuando muchos maestros cometen actos vandálicos y dan clases de barbarie, ejemplos como el de este preclaro mentor le dicen a México que tiene un futuro luminoso.

  • Diego Fernández de Cevallos
  • Abogado y político mexicano, miembro del Partido Acción Nacional, se ha desempeñado como diputado federal, senador de la República y candidato a la Presidencia de México en 1994. / Escribe todos los lunes su columna Sin rodeos
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