Pobre sí, honesto no

México /

Es necesario repetirlo: mientras en México predomine la falacia que pobreza material es sinónimo de honestidad, estamos perdidos en un peligroso autoengaño.

Lo más grave es que ese error lo escuchamos con frecuencia también de personas que gozan merecidamente de prestigio intelectual.

Esa desviación en el juicio los lleva a cerrar los ojos ante las sinvergüenzadas del gobernante si es pobre. En el mejor de los casos se le cuestiona el hecho, pero cuidan dejar a salvo su “honorabilidad personal”.

Esa perversión de conceptos produce consecuencias nefastas porque prostituye la esencia de la política, que implica el recto ejercicio del poder.

Muchos de esos casos registra la historia. En Francia, Robespierre (1758-1794) llamado “el incorruptible”, vivió en la mayor de las pobrezas, defendió a los más desposeídos, fue opositor a la pena de muerte y miembro del Comité de Salvación Pública, pero llevó a la guillotina a miles de franceses... y terminó guillotinado sin prescindir de su austeridad personal. Fue pobre, loco y criminal. ¡Cuidado con el culto a la pobreza y a los “incorruptibles”!

Se puede ser pobre y bribón, se esté en la base de la pirámide económica, en medio de ella o en la Presidencia de la República.

Ser pobre o rico no da ni quita categoría moral, porque todo depende del origen y el uso de la riqueza, así como de las causas de la pobreza y la manera de vivirla.

Lo contrario implica adorar al rico por lo que posee o al pobre por lo que no tiene, lo cual es estúpido; es perder los valores éticos imprescindibles para superar los desafíos personales y sociales de nuestro tiempo.

No puede negarse que el presidente de México es austero en su vida personal, que en sus homilías habla de Cristo, de los pobres y del amor, pero todos los días miente, injuria, viola la Constitución y las leyes, dilapida recursos públicos cancelando arbitrariamente obras y ejecutando las que le sirven para afianzar su poder, ataca a las instituciones públicas y privadas que no se le someten, su reclamo de “no injerencia de gobiernos extranjeros” no le impide ser injerencista en Bolivia, y desde su trono atiza el odio entre los mexicanos.

Sí, recibió un país dividido abismalmente, pero no busca reconciliar a esos dos Méxicos en pos de la justicia y el progreso, sino lograr la mayor confrontación entre unos y otros para sacar raja política.

Mientras en el primer año de su gobierno la economía cayó bajo cero, y el río de sangre ahoga a las instituciones, hoy “nada ni nadie está por encima de la ley”, salvo los criminales y él.

No bastan su popularidad y austeridad personal para calificarlo de honesto, porque su mayor pobreza es moral.

Es, al mismo tiempo, un presidente pobre y un pobre presidente. Ojalá rectifique, tiene tiempo, le quedan cinco años y lo juzgará la historia. 

  • Diego Fernández de Cevallos
  • Abogado y político mexicano, miembro del Partido Acción Nacional, se ha desempeñado como diputado federal, senador de la República y candidato a la Presidencia de México en 1994. / Escribe todos los lunes su columna Sin rodeos
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