Cuando coinciden idiotas, ignorantes y resentidos, generan tantas calamidades como las producidas por los simplemente bribones.
Son enormes los avances científicos y tecnológicos alcanzados en el mundo durante las últimas décadas. Basta constatar —por ejemplo— que los adelantos en las comunicaciones y en la medicina hace tiempo nos hubieran parecido fantasías. Satélites que surcan el espacio sideral, ondas electromagnéticas y pequeños aparatos personales nos permiten, entre otras cosas, ver y escuchar en tiempo real lo que se dice y sucede en la Tierra, en la estratósfera y en otros planetas cuando el hombre a ellos llega. Médicos que diseñan y corrigen genes en laboratorios, que manipulan robots para operar cerebros o sustituir corazones. Estos avances y muchos más coexisten con la ignorancia, la miseria y la expoliación de miles de millones de seres humanos, y la febril depredación que continuamente causamos al planeta.
Se dice —con razón— que están fallando las instituciones creadas precisamente para generar bienes públicos; que se han corrompido y que en ellas prevalece el egoísmo, la deshonestidad y el abuso. Es verdad, pero no nos engañemos. Esa realidad es consecuencia directa de las enfermedades que padecen las sociedades de nuestro tiempo y sus patologías las transmiten a las estructuras dominantes.
Si la maldad y la estulticia solamente se hallaran en los ámbitos de gobierno, fácil sería la solución, pero si éstas se encuentran arraigadas en la propia sociedad, nada de lo que sucede arriba, por nefasto que sea, debe sorprendernos.
Dos ejemplos vivientes: Estados Unidos y Venezuela. En ambos casos la mayoría de votantes, en procedimientos formalmente legales, colocaron en la cúspide del poder a sendos especímenes que hacían alardes de ignorancia y cretinismo pero ofrecían el paraíso a sus pueblos, y ahora son autócratas despreciables y despreciados.
México no está exento de caer en un infierno así. El ánimo social no está influido por los avances logrados, sino por los desvalores que padecemos.
En Estados Unidos, las Instituciones resisten los excesos del orate recién llegado a la Casa Blanca, y los venezolanos que apoyaron al enfermo mental y a su mentor fallecido comen hoy los residuos que hallan en los basureros —si no se les adelantan las ratas— al tiempo que el sátrapa se arroga todo el poder.
En ambos pueblos el enojo, el resentimiento, la venganza y la manipulación llevaron a los electores a perder más de lo que suponían defender.
Ojalá nosotros entendamos que a México no le aliviarán sus dolencias chamanes, caciques, caudillos ni reyezuelos, sino hombres y mujeres de buena voluntad, esto es, auténticos ciudadanos que limpien y fortalezcan las instituciones nacionales.