Responsabilidad o barbarie

México /

Para muchos mexicanos, la democracia solo es la voluntad de la mayoría que debe imponerse, no la convivencia civilizada entre los que piensan distinto, opinan diferente y toman decisiones que no coinciden con las de otros. Cierto, la democracia no resuelve los problemas sociales, pero es el estilo de vida y forma de gobierno en el que minorías y mayorías pueden desarrollarse en orden y libertad. Siempre será imperfecta, pero no se conoce otra manera de defender y aprovechar la rica diversidad que naturalmente da vida y fuerza a las sociedades.

Por eso, próximos a elegir cabildos y congresos en el país, así como nueve gubernaturas y al próximo presidente de la República, resulta natural el intenso debate político, aunque esté empañado por ocurrencias, majaderías, simples difamaciones, estupideces y publicidad frecuentemente vacía.

En tales circunstancias, en medio de la tolvanera de apetitos y pasiones que dificultan a los ciudadanos analizar vidas y propuestas de candidatos, resalto aquí —sin autorización del autor— algunas reflexiones que me parecen excelentes y oportunas, si queremos cruzar responsablemente las boletas electorales.

Me refiero a la OPINIÓN que con el título “EL PUEBLO” nos regaló José Woldenberg el 26 de abril en el diario Reforma; hombre respetable y respetado por su honestidad intelectual, por su talento y cultura, y por su infatigable trabajo en pro de la auténtica democracia.

Nos dice José:

“Si el pueblo fuera uno, monolítico, sin fisuras; si encarnara una sola voluntad, un mismo proyecto y hasta una única sensibilidad; entonces, toda la parafernalia democrática sobraría, estaría de más, sería un estorbo”.

Más adelante insiste: “Porque si el pueblo fuera uno sería mejor contar con una sola voz que lo expresara… Que los deseos y la voluntad de ese pueblo unido, fuente además de todas las virtudes, manantial inagotable de legitimidad, voz auténtica y por definición mayoritaria, encuentre quien lo exprese y si es sin mediaciones, mejor”.

Después de consistentes argumentos—imposibles de lograr espacio aquí— afirma Woldenberg: “El peligro mayor es que alguien con poder realmente se crea el representante del pueblo y actúe en consecuencia. No de una parte, no de una fracción, no de una corriente, partido o coalición, sino de esa constelación inabarcable y compleja a la que llamamos pueblo… El otro riesgo es que parte del pueblo acabe convenciéndose de que ellos son EL PUEBLO y que quienes se le oponen no son más que el antipueblo”.

Esta es la apuesta criminal de ya saben quien; ese que acaba de declarar con inaudito cinismo que las campañas de odio son inmorales, porque dividen al pueblo.

Y si él injuria todos los días a los que no somos sus lacayos, no sorprende que tantos estemos contra él.


  • Diego Fernández de Cevallos
  • Abogado y político mexicano, miembro del Partido Acción Nacional, se ha desempeñado como diputado federal, senador de la República y candidato a la Presidencia de México en 1994. / Escribe todos los lunes su columna Sin rodeos
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