Rufián transfigurado en duende

Ciudad de México /

Todo rufián con poder tiene una grandeza mentirosa; su proceder siempre está marcado por el engaño; es capaz de poner en combustión a su pueblo, llevándolo a mayor pobreza y degradación; tiene habilidad para lograr (por un tiempo) la adhesión de los más vulnerables y el sometimiento de los cobardes. El rufián tiene labia para embaucar pero vive de atropellar. Todo en él es querella y tortuosidad. Estos especímenes generalmente surgen de cenagosos pantanos, y terminan en ellos porque origen es destino.

Traigo a colación lo antes dicho por las recientes violaciones de Tartufo a la Constitución y a la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, suscrita por México en 1945.

En efecto, el artículo 89 Constitucional y el 2° de la ONU obligan al Presidente a respetar la soberanía y la autodeterminación de las demás naciones y, por ello, a la no intervención en sus asuntos internos. Sin embargo, Tartufo está mintiendo, de cara al mundo, al llamar “opiniones” a sus flagrantes intromisiones en la conflictiva situación política de Perú.

Cuando las tales “opiniones” proceden del Ejecutivo Federal mexicano, juzgando el comportamiento de los actores políticos de aquel país, constituye una injerencia grosera en agravio del pueblo peruano y de sus instituciones.

Al ofrecer asilo político a su “hermano” Pedro Castillo (hoy expresidente encarcelado) supuestamente “porque se violaron los principios democráticos”, no escuchamos la opinión de un ciudadano de la calle sino el posicionamiento oficial del gobierno de México afrentando a los dos pueblos: al de aquí y al de allá.

Cuando a su “hermano”, golpista y preso, lo sigue considerando como legítimo presidente de Perú, Tartufo hace garras su propia investidura presidencial y queda desnudo ante el Universo convertido en duende merolico y bananero.

¿Qué puede explicar ese proceder arbitrario y rayano en lo cómico?

Si frecuentemente hace alusión a “golpes de Estado”, como nubes amenazantes sobre México, tal vez sus pesadillas lo hagan entregarse al viejo adagio: quien por otro pide, por sí aboga. Lo verdaderamente desquiciante en su gobierno es lo desquiciado de su cerebro, así como la recua de cuadrúpedos a quienes ordena y manda, exigiéndoles sumisión absoluta y concediéndoles un 10 por ciento de capacidad. ¡Puf! Gracián decía: “Sólo sirve el que sabe”.

Ojalá el pueblo peruano y su gobierno pronto recuperen el orden y la armonía, y los mexicanos seamos capaces de detener la destrucción de nuestras instituciones a manos de este perdulario incorregible.

La que sí resultará larga y dolorosa será la sanación de las almas de las dos naciones; en ambos pueblos vienen de muy lejos los odios que en ellos se siguen cultivando. Aunque resulte verdad de Perogrullo, para tener mejores gobiernos debemos ser mejores ciudadanos.

Diego Fernández de Cevallos

  • Diego Fernández de Cevallos
  • Abogado y político mexicano, miembro del Partido Acción Nacional, se ha desempeñado como diputado federal, senador de la República y candidato a la Presidencia de México en 1994. / Escribe todos los lunes su columna Sin rodeos
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