Un Poder Judicial limpio, fuerte y valiente

México /

A un año en la Presidencia de la República sus propuestas de campaña deberían ser acciones claras de gobierno, sin maquillajes ni traiciones, sin el bla, bla, bla contradictorio, altanero y tramposo.

Más allá de su inigualable gracia y simpatía, le favoreció el hartazgo y la frustración generada por la frivolidad y el saqueo que prevalecían, y por la distancia entre los electores y los partidos políticos.

El caudillo entendió a la sociedad agraviada, degradada, desorganizada, resentida y no adicta a la legalidad que sabía de dónde salir pero no a dónde llegaría.

La frasecita de “somos más los buenos que los malos” es consuelo de ilusos adormecidos. No hay un padrón de honestos y otro de tracaleros; pero sí hay millones de delitos cada año… muchos no denunciados, y el 98 por ciento impunes.

El vandalismo y las rapiñas del “pueblo bueno y sabio” en comercios, camiones accidentados, ferrocarriles detenidos y ductos de hidrocarburos es solo una pincelada del bandidaje nacional; el mayor es el sofisticado, el de arriba.

Aumentan los ultrajes a mujeres, niños y ciudadanos en general, y los ríos de sangre están fuera de madre. A la que sí ha frenado la Transformación de Cuarta es a la economía nacional.

Mientras tanto, el enfermo de Palacio (así lo llamo por su desorden mental permanente) se busca “enemigos” dentro y fuera de México, insulta con socarrona alegría, viola cínicamente la Constitución y las leyes, ataca a instituciones nacionales, y dice que vamos “requetebién”. Eso sí: amoroso con su capataz yanqui y su “hermano Evo”.

Simultáneamente, millones de mexicanos vemos venir la tormenta perfecta: una economía en el suelo, la criminalidad en las nubes, y el estado de Derecho ausente.

Contra los “del pasado” el debido proceso es trompetilla; para “los de casa” —ya purificados— priva la impunidad, porque él les tiene confianza.

La corrupción sigue rampante, y la más grande es mandato presidencial. Un ejemplo entre muchos: cantidades impresionantes de recursos públicos se han ejercido a través de adjudicaciones directas prohibidas por la ley, y con opacidad sin precedentes.

Su popularidad va decreciendo, porque atizar el odio, polarizar a la sociedad, culpar de todo al pasado y dar dinero a los pobres es moneda de cambio útil por poco tiempo. Si no hay correcciones de fondo, lo peor está por venir.

No es ni pretende ser el Presidente de todos los mexicanos: lo de él es la pendencia, la injuria, la mentira, la necedad y el despilfarro; esas son sus cartas de navegación. Lo grave es que en un naufragio no suele ahogarse solo el capitán.

Por eso y por mucho más 2020 debe ser el año del Poder Judicial, depurado, fortalecido y valiente que cuente con el apoyo de ciudadanos cumplidos.

Solo así saldremos del México pobre, podrido y ensangrentado que no debemos heredar. 

  • Diego Fernández de Cevallos
  • Abogado y político mexicano, miembro del Partido Acción Nacional, se ha desempeñado como diputado federal, senador de la República y candidato a la Presidencia de México en 1994. / Escribe todos los lunes su columna Sin rodeos
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