Un tren de bajada

Ciudad de México /

Imagine usted a un ferrocarril destartalado y en bajada, movido por carbón y sin frenos, repleto de pasajeros —muchos hambrientos y agraviados— agrediéndose todos contra todos.

Además, lidian con una pandemia que los tiene en mortandad creciente, sin respuesta eficaz del gobierno y careciendo hasta de actas de defunción. Peor aún, el inepto maquinista, envuelto en su “fortaleza moral” (Gattel dixit) nos comunicó que el virus les caía a él y a su proyecto como “anillo al dedo”, que lo combatiría con estampitas y amuletos; culpó al pasado, y, con más de 70 mil muertos, reitera que “vamos requetebién”.

Las crónicas relatarán este episodio con aquella canción revolucionaria: “…y la máquina seguía, pita, pita y caminando…”.

Pues esos pasajeros somos nosotros, y más nos vale asumir nuestras responsabilidades para saber qué hacer con lo que quede de fierros y de vidas humanas en el fondo del barranco. Pero que ahí habremos de decidir, no hay duda.

De momento solo podemos tomar algunas providencias para paliar esa inevitable desgracia que apenas comienza a producir sus efectos, porque el viejo armatoste (el tren) va fuera de vías dando precipitados tumbos. Negar la realidad es simplemente estúpido.

No rige en México ninguna ley que garantice la vida comunitaria; las instituciones están rebasadas; las demandas suelen —a veces— ser atendidas previo bloqueo de calles, carreteras y vías férreas, también con incendios, pintas, escándalos mediáticos, videos, linchamientos y destrozos de toda índole. Para ser escuchado es necesario ser delincuente.

El mayor agresor se dice el más agredido, pide “abrazos, no balazos”, y permite cotidianas humillaciones y crímenes contra nuestras fuerzas armadas. Ese, su Jefe Supremo, felicita a los uniformados al huir, heridos en su honor, apedreados y llenos de escupitajos, porque la culpa es “del pasado” ¡Qué vileza!

Lo cierto es que somos un país con un potencial inconmensurable en prácticamente todo, pero no hemos salido del círculo perverso que nos hace pasar de la ilusión a la desilusión, del mito al mitote, del repudio al gobernante en turno a la esperanza en el que vendrá.

Así, la apuesta se concentra en favor de un individuo para patrón, capataz o iluminado que nos salvará. Esa mentalidad es de súbditos, no de ciudadanos. Buscamos que los mandatarios sean nuestros mandantes, pero que nos den migajas a ricos y a pobres, y que siempre nos recuerden que “el pueblo es bueno y sabio”.

Los constantes atropellos a los gobernados han sido posibles en gran medida por la sumisión y cobardía de muchos de ellos; pero sin instituciones fortalecidas y serviciales la violencia seguirá siendo la ley suprema, y la política se mantendrá como lamento de unos y el cínico y corrupto pío, pío, pío de los poderosos que estén en turno.

  • Diego Fernández de Cevallos
  • Abogado y político mexicano, miembro del Partido Acción Nacional, se ha desempeñado como diputado federal, senador de la República y candidato a la Presidencia de México en 1994. / Escribe todos los lunes su columna Sin rodeos
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