“Déjese ese pin”

Ciudad de México /

Gaby tiene once años, y en su casa le dicen que a las niñas le deben de gustar los niños, pero no entiende por qué a su amiga Marcela la ve distinto que a las demás y estar con ella le provoca mariposas en el estómago. Entonces calla, se esconde, se confunde, se siente culpable, tiene miedo.

Juan ha aprendido en la escuela que uno debe aceptar los hijos que Dios le manda, entonces no aprende lo que son los métodos anticonceptivos, no se preocupa por usar condón y tampoco sabe de las enfermedades sexuales.

Alma ya no quiere ir a la escuela. Sus compañeros de clase la evitan porque creen que lo “gay” se contagia, y como tiene dos papás no la invitan a jugar ni a los cumpleaños, además la insultan todos los días.

Saúl le ha dicho a su maestro que no le gusta ir a casa de sus tíos, porque su primo siempre agarra sus cosas; el profesor le aconseja que no sea egoísta, sin saber que es así como el niño ha aprendido a llamarle a sus partes íntimas.

Todos estos escenarios pueden ser distintos con una educación sexual puntual, precisa y completa, no selectiva, como pretende que sea el pin parental.

Los padres, madres y tutores de un menor tienen todo el derecho de darle la educación que consideren que sea necesaria de acuerdo con sus valores y creencias religiosas, sin embargo, los niños, niñas y adolescentes tienen derecho a recibir una educación científica y laica en su camino para ser adultos responsables y elegir cómo llevar su vida sexual.

A veces se piensa solamente en los menores de edad como sujetos que deben protegerse, pero también deben cultivarse, porque son ellos quienes contribuyen a la transformación y evolución de la sociedad; son quienes mañana, en su adultez, pueden tomar acciones para dejar atrás la discriminación contra las personas LGBTQ+, poner un freno a la violencia de género, erradicar las enfermedades de transmisión sexual y los embarazos no deseados.

La religión es parte importante de muchas familias mexicanas, y en nuestro país hay completa libertad para ejercerla, pero no debe de condicionar el acceso a la educación de un individuo, aunque sea tu propio hijo o hija. Y el Estado tiene la obligación de proteger al menor, incluso de su propia familia.

El famoso pin parental no es más que un retroceso en la lucha de derechos humanos y de los esfuerzos que se han hecho por combatir los abusos y violencia sexual del que son víctimas los sectores más vulnerables de la población.

No, bajo ningún motivo, debe permitirse la entrada de dogmas en la legislación, mucho menos si ésta va en detrimento de los derechos individuales.

Hay que quitarse las vendas de los ojos, aceptar y reconocer que existe diversidad, violencia de género y el hecho de que en México inician su vida sexual entre los 12 y 15 años; por eso no puede limitarse, restringirse o condicionarse el acceso a la información.

No le tengan miedo a la educación sexual, los menores pueden recibir y aprender todo lo que necesitan al respecto en la escuela, y en casa darles la guía que consideren. Al final, cada uno podrá crear su propio criterio, tomar sus propias decisiones y hacer su propia vida.

  • Dora Raquel Núñez
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