El periodismo cuestiona al poder. Y si el poder regula al periodismo, entonces éste se convierte en una máquina de resonancia del discurso oficial.
Y a eso se encamina la iniciativa para definir los lineamientos para proteger el derecho de las audiencias, que si en el nombre suena como una causa justa, en el papel está llena de ambigüedades que ponen en riesgo la labor periodística.
¿Hay medios que mienten? Sí. ¿Otros que interpretan la información según sus intereses? También. ¿Hay quienes dan la noticia de forma objetiva? Por supuesto. ¿Cuál hace qué? Eso es lo que se pone sobre la mesa y a tela de juicio.
Hay que decirlo: Cada quien consume el medio que se alinea a su propia perspectiva. Un afín a Morena es poco probable que confíe en Loret de Mola, y un panista tampoco va a consultar a Alejandro Páez Varela.
Qué y a quién escuchar es una libertad individual que no debe regirse por un órgano del Estado. Esa elección es parte de la formación política personal, acorde a los principios y contextos particulares. Ahí se funda la diversidad social, pero también comienza a diluirse la línea entre la verdad y la mentira, depende de quién y cómo lo diga, según su agenda. Entonces, ¿quién tendría razón? Es en esa subjetividad donde está el problema de que un ente decida que sí y qué no.
Y esa es sólo una parte.
La regulación también abre la puerta a la persecución en un país particularmente riesgoso para periodistas. En siete meses han asesinado a siete colegas, todos colaboradores y fundadores de medios independientes. Investigan y difunden sin el cobijo de grandes corporativos ni el patrocinio gubernamental, y quedan expuestos a merced de sus opositores.
Publicar se convierte en un acto de valentía. Y la falta de protección a quienes ejercen el periodismo incentiva la autocensura y la violencia contra ellos. Así se va perdiendo la pluralidad, el debate y la democracia.
La audiencia tiene derecho de consumir información veraz, pero también la responsabilidad de desarrollar un pensamiento crítico que le permita discernir entre propagandistas y periodistas. Sin que nadie le diga qué puede o no consumir.