Entre lobos

Jalisco /

Eduardo fue detenido en Veracruz diez meses después de haber asesinado a Astrid, a su hijo Fernando y dejar malherida a su hija en Zapopan. Un crimen que no solo conmocionó por la brutalidad, sino también por la reincidencia feminicida.

En 2004, Martha Berenice decidió terminar su relación con él. La mató en su casa de la colonia Las Quintas, en Culiacán, y tiró su cuerpo en el río Tamazula. La familia de la joven reportó su desaparición. Eduardo se unió a la búsqueda. Un lobo disfrazado de cordero entre los dolientes que escondía la sangre entre sus garras, hasta que las declaraciones contradictorias expusieron su verdadero rostro y culpabilidad. Un juez le dictó más de 24 años de prisión. En reclusión conoció a Yaneth, con quien se casó y tuvo una hija. En 2020, Eduardo, inexplicablemente, recuperó su libertad; dos años después su esposa murió en el hospital en circunstancias que no fueron esclarecidas.

Tres mujeres muertas, unidas por un hombre que se ostentaba como defensor de los agentes del orden. Eduardo se presentaba como especialista en seguridad, asesoró a gobiernos estatales en la materia y lideró una organización que aboga por los derechos de los policías. Lo que parece una ironía es más una estrategia. La protección de las autoridades le permitieron asesinar y vivir en impunidad, custodiado por un sistema de justicia en el que el compadrazgo pesa más que el deber con las víctimas.

Feminicidas siguen libres en las calles, rehaciendo su vida una y otra vez gracias a la complicidad y omisiones de las autoridades. De acuerdo con organizaciones civiles, diez mujeres son asesinadas al día por razones de género, pero hay un subregistro de hasta 75 por ciento de los casos, es decir, no se clasifican como tal. Del total que sí se procesan como feminicidio, alrededor de 20 por ciento se concretan en sentencia. Las cifras no mienten, desvelan las prácticas misóginas y el pacto patriarcal que predominan en las cúpulas del poder; las víctimas quedan escondidas en las estadísticas oficiales, en carpetas archivadas o ignoradas. El caso de Eduardo, un feminicida que libró la prisión y reincidió, no es la excepción, es la regla. 

El feminicida de Luz Raquel quizá compra un capuchino todos los días en la cafetería del barrio; el de Valeria comparte una cerveza en la mesa de al lado del bar de los sábados; el de Azucena cede el asiento en el camión cada mañana. Andamos entre lobos vestidos de ovejas. No todos, pero siempre...


  • Dora Raquel Núñez
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