Jalisco ardió en llamas. Los incendios y las balas se desataron tan rápido que llevar la cuenta era una tarea imposible. Comunicados, reportes, fotografías, videos y audios se compartían por todas las redes sociales con tanta rapidez, que cuando por fin eran desmentidos el daño ya estaba hecho.
Para unos el paseo dominical se convirtió en una experiencia de terror. Una búsqueda descontrolada de refugio de quienes dejaron camiones y automóviles que segundos después vieron arder frente a sus ojos; otros corrían con columnas de humo detrás y entre el sonido de los disparos; y todos los demás, en casa, buscábamos frenéticamente cualquier actualización de los hechos, respondiendo los múltiples mensajes de WhatsApp y compartiendo todo lo que iba cayendo.
En tiempos críticos, verificar no es prioridad. Lo vital es saber, aunque al final ni sepamos nada. Esa desesperación fue el principal motor para la fábrica de fake news. Y es que es muy fácil caer en las redes del engaño en medio de la incertidumbre y el auge de la inteligencia artificial.
Por eso era creíble la imagen del avión incendiándose en la pista de aterrizaje en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara; los videos de personal médico corriendo por los pasillos de un hospital en Zapopan por la supuesta incursión de sujetos armados; o los audios con amenazas de disparar a civiles después de las dos de la tarde. El terror ya estaba sembrado, y creció como la maleza en las conversaciones y grupos de chat.
Un análisis del Observatorio de Medios Digitales del Tec de Monterrey revela que, durante las primeras 48 horas tras la caída de El Mencho, se difundieron entre 200 y 500 publicaciones con información falsa o no confirmada.
Y es que la verificación es una práctica en extinción en la era de la monetización del clic. La competencia en el terreno digital ha provocado que los mismos periodistas se olviden de la primera regla antes de publicar. Priorizan la primicia sobre la veracidad, contribuyendo a la desinformación y al caos.
Sin querer, nos convertimos en agentes de quienes buscan perpetuar el pánico social y capitalizarlo, sean grupos delincuenciales, políticos o sociales. Porque detrás de esas noticias falsas hay más que un influencer tratando de ser viral, hay intereses. Y al presionar en el botón “compartir", sin certeza de que sea real, somos el peón de un lado del tablero, y los únicos que terminamos perdiendo.