El día en que el robot opere mejor que nosotros

Ciudad de México /
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Los cirujanos debemos admitir una idea incómoda: llegará el día en que un robot opere mejor que nosotros.

No en todas las operaciones. No mañana. Al principio, tampoco sin supervisión. Pero en la ejecución técnica de muchos procedimientos, la mano humana no conservará para siempre el monopolio que tuvo durante siglos.

En un texto anterior escribí sobre lo que ocurre cuando el conocimiento médico deja de ser exclusivo del médico. La robótica extiende esa transformación al mundo físico. Una inteligencia artificial puede interpretar una imagen o proponer un tratamiento; incorporada a un robot, puede observar, actuar y corregirse según lo que sucede. La capacidad de aprender empieza a traducirse en movimientos sobre objetos, tejidos y cuerpos.

Una parte de nuestra intuición también proviene del aprendizaje: reconocemos patrones tras observar muchos casos. En The Infinity Machine, Sebastian Mallaby reconstruye la apuesta de Demis Hassabis por máquinas capaces de adquirir conocimiento mediante la experiencia. Nuestra dificultad para explicar una habilidad no demuestra que una máquina sea incapaz de aprenderla. AlphaGo mostró, además, que los humanos podían aprender de una máquina nuevas formas de jugar. En cirugía, también podríamos descubrir, con su ayuda, técnicas que hoy ignoramos.

En una reducción abierta de cadera con osteotomía pélvica, una operación que realizo con frecuencia, necesito reconocer las relaciones anatómicas y percibir la tensión y la estabilidad de la articulación. Parte de esa información llega por las manos. Los tejidos se deforman, se desplazan y sangran. Una cámara convencional deja fuera información decisiva. Enseñar a una máquina exige registrar esa experiencia y relacionarla con lo que ocurrió después con el paciente.

Aquí importa la convergencia que describen Peter Diamandis y Steven Kotler en The Future Is Faster Than You Think: distintas tecnologías pueden acelerar su avance al combinarse. Mejores sensores alimentan mejores modelos; la simulación amplía las oportunidades de entrenamiento; instrumentos más capaces convierten lo aprendido en movimientos. Esa combinación permite comprender por qué una tarea que parecía inalcanzable puede empezar a resolverse antes de lo previsto.

Debemos distinguir esa posibilidad de lo que tenemos hoy. Sistemas como el “Da Vinci” permiten al cirujano controlar instrumentos desde una consola. La autonomía exige que la máquina ejecute una tarea sin que una persona guíe cada movimiento. La precisión de un instrumento y su capacidad para actuar por sí mismo son cosas distintas.

En 2025, un equipo de Johns Hopkins publicó en Science Robotics los resultados de SRT-H. Tras aprender de demostraciones quirúrgicas, completó una secuencia de 17 tareas para colocar clips y cortar el conducto y la arteria de la vesícula en ocho muestras de tejido porcino, fuera de un animal vivo. Corrigió errores durante la ejecución. Tardó más que un cirujano experto y no realizó una operación completa ni trató a pacientes humanos, pero demostró una capacidad concreta para encadenar acciones y corregirse.

La ventaja más profunda surgirá al compartir lo aprendido. Un cirujano acumula experiencia a lo largo de su vida con los casos que atiende. Un sistema podrá aprender de las operaciones realizadas en múltiples hospitales. Una vez validado, ese aprendizaje podrá distribuirse entre los equipos compatibles. Cada nuevo cirujano necesita años de formación; cada nuevo robot podría adquirir instantáneamente las capacidades ya adquiridas por otros. Podemos transmitir conocimiento mediante clases y libros, pero enseñar una destreza manual requiere que otra persona la practique. Transferir una capacidad validada entre máquinas podría reducir la necesidad de repetir el aprendizaje. Harán falta datos diversos y resultados bien medidos, porque un error también puede multiplicarse.

Por eso estoy convencido de que los robots terminarán superándonos en una parte creciente de la ejecución quirúrgica. Su aprendizaje podrá abarcar más casos de los que cualquiera de nosotros conocerá. Podrán combinar imágenes, fuerzas y movimientos con una constancia difícil de mantener durante toda una jornada. La comparación relevante incluirá la atención que los pacientes reciben realmente, así como las diferencias entre hospitales, equipos y horarios.

Un estudio de 20 cirujanos bariátricos y más de diez mil pacientes, publicado en The New England Journal of Medicine, encontró tasas de complicaciones de 14.5% entre los cirujanos con menor habilidad técnica y de 5.2% entre los de mayor habilidad.

Un estudio publicado en The New England Journal of Medicine evaluó la técnica de 20 cirujanos bariátricos mediante videos y analizó los resultados de 10,343 pacientes. Las tasas ajustadas de complicaciones fueron de 14.5% en el grupo con menores calificaciones técnicas y de 5.2% en el mejor evaluado. Estos últimos también realizaban casi el triple de operaciones de bypass gástrico al año. La habilidad observada y el volumen de práctica estaban relacionados; el estudio no permite atribuir toda la diferencia a una sola causa, pero esa variación tiene consecuencias reales para los pacientes. Ofrecer una ejecución más constante sería un avance clínico, aunque nunca alcanzáramos la perfección.

Para entender la economía de ese cambio, conviene salir del quirófano. ¿Por qué no vemos un robot limpiando cada baño público? Ya existen máquinas que limpian inodoros. La tarea exige reconocer objetos, adaptarse al espacio y resolver situaciones imprevistas. Pero su adopción también depende del costo de la mano de obra. Cuando ese trabajo se paga poco, resulta más difícil recuperar el costo del equipo, así como su mantenimiento y su supervisión. La dificultad técnica y el incentivo económico no siempre coinciden.

La cirugía ofrece un incentivo distinto. Formar a un especialista requiere años y su trabajo tiene un costo elevado. Una máquina capaz de ofrecer resultados constantes puede justificar una inversión mayor. Esto no significa que la cirugía robótica sea más barata: debemos considerar el equipo, los consumibles, el mantenimiento y el personal necesario. Significa que existen razones económicas poderosas para resolver el problema técnico.

La comparación económica debe incluir el costo total de la atención. Evitar una complicación o una segunda operación también ahorra recursos. Pagar menos por el acto quirúrgico puede terminar costando más si produce peores resultados. El precio y la seguridad deben evaluarse juntos.

El cirujano que pretenda competir con un robot en la ejecución de la misma tarea tendrá solo dos opciones: hacerlo mejor o cobrar menos. A medida que los sistemas nos superen en esa tarea, solo quedará la segunda. La presión sobre los honorarios ya existe. En Estados Unidos, un estudio publicado en The Journal of Arthroplasty encontró que los pagos de Medicare al cirujano por reemplazos primarios de cadera y rodilla disminuyeron, en promedio, un 56% entre 2000 y 2024, tras ajustar por inflación.

Reducir los honorarios para conservar el trabajo no puede ser nuestra respuesta profesional. Debemos aprender a dirigir esa capacidad y usarla para mejorar la atención. Nuestro valor tendrá que abarcar mucho más que la ejecución manual.

Tampoco debemos suponer que el juicio clínico permanecerá siempre fuera del alcance de la máquina. Elegir una técnica, comparar tratamientos o anticipar complicaciones son tareas en las que podrá ayudarnos cada vez más. Nuestra obligación será defender los intereses del paciente, aunque cambie la distribución del trabajo. Una operación innecesaria no se vuelve necesaria sólo porque un robot la realice con precisión.

Operar mejor exige acordar qué resultado buscamos. En ortopedia, corregir una radiografía no agota el objetivo: importan el dolor, la función y la vida que ese paciente podrá llevar. Una máquina puede ejecutar correctamente una maniobra sin resolver su problema. Debemos orientar el desarrollo hacia resultados que mejoren esa vida.

En The Coming Wave, Mustafa Suleyman, junto con Michael Bhaskar, plantea la dificultad de mantener el control sobre tecnologías cada vez más capaces. En cirugía, debemos traducir esa preocupación en reglas prácticas: cuándo puede actuar el sistema, cuándo debe detenerse y cómo recuperar el control. Tener un médico cerca sirve de poco si carece del tiempo o de la información para intervenir. Fabricantes, hospitales y profesionales deben asumir responsabilidades claras.

Además, cuanto más deleguemos una habilidad, menos oportunidades tendremos para practicarla. La formación deberá incluir simulación y entrenamiento para continuar la operación en caso de fallo de la máquina. El paciente necesita saber qué hará el robot y qué hará el cirujano. La autonomía deberá ampliarse por etapas y mantenerse bajo vigilancia tras su incorporación.

Para México, comprar robots como objetos de prestigio sería desperdiciar una oportunidad. Debemos exigir menos complicaciones, mayor acceso y costos que justifiquen el beneficio. También debemos participar en estudios y registrar resultados que reflejen las condiciones de nuestros hospitales. Si llegamos únicamente como compradores, otros decidirán qué problemas resolver. La tecnología tendrá valor público cuando sus ventajas alcancen a quienes hoy tienen menos acceso a una buena atención.

Los automóviles autónomos muestran cómo puede cambiar el criterio de elección. En julio de 2026, el Insurance Institute for Highway Safety informó que los vehículos Waymo sin conductor tuvieron un 81% menos de choques con lesiones por distancia recorrida que los conductores humanos en los mismos lugares y años. El resultado corresponde a ese sistema y a las zonas y condiciones estudiadas; no permite atribuir la misma seguridad a cualquier vehículo autónomo.

Bajo esas condiciones, la pregunta merece ser invertida. Seguimos preguntando si nos subiríamos a un coche sin conductor. Pero si ofrece mayor seguridad, ¿por qué elegiríamos un coche conducido por una persona? Estar acostumbrados a un conductor no reduce el riesgo. Debemos comparar resultados, incluso cuando contradigan lo que nos resulta cómodo.

Ese criterio debe regir también la cirugía cuando los estudios demuestren mejores resultados en los pacientes. Preferir unas manos humanas dejará de ser un argumento clínico. El paciente seguirá necesitando a un médico que lo escuche, decida con él y responda por su atención. Pero la elección de quién ejecuta el procedimiento deberá basarse en la seguridad que este ofrece.

El día en que un robot opere mejor que nosotros, la pregunta dejará de ser si aceptaríamos que una máquina nos operara. Será otra: ¿por qué aceptaríamos una operación menos segura solo para que la realice un ser humano?

Mauricio Ledesma



  • Dr. Pablo Castañeda
  • Jefe de Cirugía Internacional del Hospital Infantil de Texas. Texas Children’s Hospital – Houston, Texas
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