La medicina en la era de la inteligencia artificial: cómo rediseñar el sistema de salud

Ciudad de México /

M+.- Hace unos meses escribí que la medicina estaba entrando en una nueva etapa: una en la que el conocimiento médico dejaba de ser escaso. Ese texto generó controversia porque tocó una inquietud real. Muchos médicos, hospitales y pacientes saben que la inteligencia artificial transformará la medicina. Lo que aún no saben es si esa transformación será una amenaza o una oportunidad.

La controversia no debe detenernos. Debe llevarnos a una pregunta más útil: si la inteligencia artificial cambia el valor del conocimiento, ¿cómo debe cambiar el sistema de salud?

La respuesta no está en reemplazar al médico. Está en rediseñar el sistema.

La medicina moderna tiene un problema que todos conocemos, aunque pocas veces lo decimos con claridad: el sistema es difícil de navegar. Para el paciente, la entrada suele ser lenta, cara y confusa. Pero el problema no termina ahí. Sigue durante todo el camino: llamadas, formularios, seguros, referencias, portales electrónicos, listas de espera, estudios duplicados, consultas iniciales y decisiones que llegan tarde.

Incluso en sistemas privados de alta calidad, el paciente suele cargar con una responsabilidad que no le corresponde: decidir a qué puerta tocar. Un dolor de espalda puede llevarlo al ortopedista, al urólogo o al neurólogo, según su interpretación del síntoma. Si acierta, avanza. Si se equivoca, pierde tiempo, dinero y, a veces, una oportunidad diagnóstica. El acceso privado puede abrir puertas; no siempre muestra cuál es la correcta.

Ese es el punto. El paciente no solo necesita ingresar al sistema. Necesita moverse con certeza dentro de él.

Hoy, muchos pacientes entran por donde pueden, no por donde deben. Llegan al especialista equivocado. Repiten estudios. Esperan meses por una respuesta que pudo haberse dado en días. Saturan urgencias porque no hay una vía sencilla para recibir orientación. Eso no es culpa del paciente. Es una falla de diseño.

La inteligencia artificial no debe verse solo como una herramienta para los médicos. Debe verse como una nueva infraestructura para los sistemas de salud. Su mayor valor no estará en redactar notas ni en llenar formularios. Estará en algo más básico: ayudar al paciente a navegar el sistema de forma clara, segura y eficiente.

Si una tecnología no mejora el acceso, la claridad o la seguridad del paciente, no merece ocupar un lugar central en la medicina. Pero si se diseña bien, también puede ayudar a médicos, hospitales, aseguradoras y gobiernos. Puede reducir el desperdicio, evitar la duplicación, mejorar la clasificación clínica, acortar las esperas y proteger el recurso más escaso del sistema: el juicio clínico humano.

Yuval Noah Harari ha planteado que las instituciones humanas pueden entenderse como redes de información. Esa idea ayuda a mirar la medicina actual. Un hospital no es solo un edificio con médicos, enfermeras, equipos y quirófanos. Es una red de información. Recibe datos, los ordena, los interpreta y decide qué hacer con ellos.

El problema es que muchas redes médicas siguen funcionando con una lógica antigua. El paciente trae información dispersa. El sistema la recibe tarde. El médico la reconstruye durante la consulta. El expediente la almacena. Luego el proceso se repite.

Eso no es atención eficiente. Es una red mal organizada.

La inteligencia artificial puede ordenar esa red. No como un “doctor digital” aislado, sino como una capa de navegación clínica. Una capa capaz de escuchar al paciente, ordenar su historia, revisar documentos, identificar riesgos, hacer las preguntas correctas, preparar la consulta, acompañar el seguimiento y dirigir el caso al lugar adecuado.

Dicho de forma simple: la inteligencia artificial puede ayudar a que la medicina ocurra en el orden correcto.

Esto parece modesto. No lo es.

Gran parte del tiempo médico se pierde en reconstruir historias incompletas, buscar estudios, aclarar antecedentes y entender por qué el paciente llegó ahí. Todo eso importa. Pero no siempre requiere el tiempo de un médico desde el inicio.

En muchos sistemas, médicos altamente capacitados y especialistas de alto costo terminan actuando como filtros de entrada. No porque sea lo mejor para el paciente, sino porque el sistema no sabe ordenar la demanda. El conocimiento más caro se usa para resolver problemas que pudieron haberse organizado antes.

La meta debe ser sencilla: el paciente correcto, con la información correcta, en el lugar correcto, con el médico correcto, en el momento correcto.

Si el sistema entregara una historia clara, los estudios revisados, los puntos de riesgo y una ruta probable, la consulta cambiaría. El médico podría dedicar menos tiempo a ordenar el caos y más a explicar, decidir, acompañar y asumir responsabilidad.

Eso no reduce el papel del médico. Lo concentra.

La medicina necesita menos fricción y más juicio. La inteligencia artificial puede reducir la fricción. El médico debe aportar juicio.

Hasta ahora, gran parte del mercado de inteligencia artificial en salud se ha enfocado en un problema posterior a la consulta: la documentación. Los escribas digitales son útiles. Reducen la carga administrativa. Pueden ayudar a combatir el agotamiento profesional. Pero no cambian el modelo central.

El médico sigue siendo el primer procesador de toda la información. Sigue recibiendo al paciente de forma desorganizada. Sigue usando tiempo caro para ordenar datos que podrían haberse estructurado previamente. Eso no es transformación. Es alivio administrativo.

La verdadera oportunidad está antes, durante y después de la consulta. Está en la navegación completa del paciente.

Esto no significa que la inteligencia artificial solo sirva para ordenar agendas o llenar formularios. Su capacidad clínica ya empieza a verse. Un estudio publicado en Gut en 2026 mostró que un modelo pudo identificar señales tempranas de cáncer pancreático en tomografías que los radiólogos habían interpretado como normales. El modelo encontró señales de cáncer oculto en 73 de cada 100 casos, en promedio, 475 días antes del diagnóstico clínico. En las mismas imágenes, los radiólogos las encontraron en 39 de cada 100.

El mensaje es claro: la inteligencia artificial ya no solo escribe notas. Puede detectar patrones que el ojo humano no percibe.

La vieja máxima dice: “Los ojos no ven lo que la mente no sabe.” En la medicina asistida por inteligencia artificial, esa frase empieza a cambiar. Un sistema entrenado con grandes volúmenes de datos no depende de la memoria, del cansancio ni de la primera hipótesis de un médico. Puede encontrar señales que aún no sabíamos buscar.

Ese tipo de avance cambia la conversación. La pregunta no es si la inteligencia artificial puede ayudar. La pregunta es cómo la integramos.

Un hospital no necesita otro juguete digital. No necesita una aplicación que prometa eficiencia y luego agregue trabajo. Necesita herramientas que se integren en el flujo real de atención, reduzcan la carga, aclaren las decisiones y mejoren el uso del tiempo clínico.

Los números no son fríos cuando miden sufrimiento. En Estados Unidos, cientos de miles de millones de dólares se pierden cada año en un sistema que muchas veces no cura más, sino que administra más. Se pierden en trámites, autorizaciones, estudios repetidos, consultas mal dirigidas, capas de supervisión y procesos que nadie diseñaría así si empezara desde cero.

La administración debía acercar al paciente a la atención. En muchos sistemas, terminó haciendo lo contrario. Un análisis nacional de hospitales en Estados Unidos estimó que los gastos administrativos superan los 166 mil millones de dólares al año. Otro estudio encontró que más de una quinta parte de los hospitales sin fines de lucro contrataron consultores de gestión entre 2010 y 2022, con un gasto cercano a 8 mil millones de dólares, sin beneficios claros para los pacientes. El dato revela una contradicción incómoda: el sistema ha intentado curar su complejidad con más complejidad.

La inteligencia artificial permite imaginar lo contrario: menos capas, menos fricción, menos repetición y una ruta más directa entre el paciente y la decisión médica.

Para los gobiernos, esta discusión es aún más importante. Muchos países enfrentan poblaciones más envejecidas, más enfermedades crónicas, presupuestos limitados y falta de atención primaria. Muchas veces falta una forma ordenada de saber quién necesita qué, cuándo y dónde.

En México, esta discusión no es teórica. Solo el IMSS maneja un presupuesto superior a 1.5 billones de pesos para 2026. En un sistema de esa escala, incluso una mejora modesta en la navegación clínica, la clasificación de pacientes, la duplicación de estudios y el uso de consultas podría tener un impacto económico y social significativo.

Esto no es un problema de países ricos. Al contrario. Los sistemas con recursos limitados son los que más necesitan evitar el desperdicio. Cada consulta mal orientada, cada estudio repetido y cada espera innecesaria consumen recursos que podrían destinarse mejor.

La inteligencia artificial médica debe empezar por procesos de alto volumen, de bajo riesgo y con reglas claras: historia clínica inicial, revisión de estudios, seguimiento de síntomas, orientación básica, detección de señales de alarma, preparación de la consulta y seguimiento posterior. En esas áreas, bien diseñada, puede ser más constante que el ser humano. No se cansa. No se distrae. No omite un dato porque la sala está llena o porque el día fue largo.

Esto exige prudencia. Debe haber transparencia, auditoría, revisión humana cuando corresponda y escalamiento temprano ante la duda. La responsabilidad final no desaparece. Cambia de lugar. El sistema debe decidir cuándo basta una ruta automatizada y cuándo debe intervenir un médico con verdadera capacidad de juicio.

Ese es el diseño correcto: automatizar lo repetitivo, ordenar lo confuso y reservar el juicio humano para los momentos en que de verdad importa.

Durante años aceptamos la ineficiencia como si fuera inevitable. El paciente llama, espera, llena formularios, repite su historia, busca estudios, llega al lugar equivocado y empieza de nuevo.

Eso no es medicina. Es desgaste administrativo con apariencia clínica.

La inteligencia artificial puede reducir ese desgaste.

Para los sistemas privados, esto puede significar mayor capacidad y menores costos. Para los sistemas públicos, mejor acceso y uso de recursos limitados. Para los pacientes, algo más simple e importante: no perderse en el sistema.

La medicina del futuro no empezará en una sala de espera ni terminará al salir del consultorio. Empezará con una conversación inteligente que ordene el problema, seguirá con una ruta clara hacia la atención adecuada y continuará con apoyo tras la decisión médica.

Eso no debe asustarnos. Debe obligarnos a diseñarlo bien.

El sistema de salud siempre ha definido el destino del paciente no solo por la calidad de sus médicos, sino por la ruta que le ofrece para llegar a ellos. Durante mucho tiempo, esa ruta fue lenta, estrecha y desigual. Hoy podemos hacerla más clara, más rápida y justa.

La inteligencia artificial no debe ser el final del médico. Debe ser el final de la espera innecesaria, de la información perdida, de los estudios repetidos y de la navegación caótica por un sistema bajo demasiada presión.

La medicina será más humana si usamos la tecnología para quitar de en medio lo que nunca debió ocupar tanto espacio humano.

Y será mejor si permite que el paciente llegue antes al lugar correcto, y que el médico llegue antes al momento en que su juicio realmente importa.

La respuesta no está en reemplazar al personal especializado. Manuel Guadarrama

  • Dr. Pablo Castañeda
  • Jefe de Cirugía Internacional del Hospital Infantil de Texas. Texas Children’s Hospital – Houston, Texas
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