Que muy al estilo de la diplomacia burocrática, en Gómez Palacio prefirieron curarse en salud antes de que el problema les estalle en las manos. La postura de la Dirección de Desarrollo Rural ante la llegada del gusano barrenador fue un contundente “era inevitable”. Sin embargo, lo que llamó la atención entre los conocedores de la grilla local no fue la resignación, sino la solución propuesta: pedirle a la gente que ande revisando si los perros del vecindario sangran y sentarse a esperar a que fructifique la liberación de moscas estériles por parte de las autoridades federales.
Con dos casos ya confirmados en caninos, en el municipio le apuestan a la buena fe vecinal y a la biología, mientras cruzan los dedos para que la plaga no brinque a donde sí le duela al erario.
Que cuentan los que saben que en la Unión Ganadera Regional de Durango la desesperación ya no se disimula, pues mientras en Sonora y Chihuahua ya celebran la reapertura de la frontera con Estados Unidos tras el calvario del gusano barrenador, en tierras duranguenses siguen esperando a que el Departamento de Agricultura gabacho (USDA) voltee a verlos. La molestia de Rogelio Soto Ochoa y sus representados no es para menos: calculan que el cierre de la frontera ya les dejó un boquete de 210 millones de dólares.
Lo que muchos se preguntan en los pasillos del sector agropecuario es dónde están las gestiones de alto nivel para acelerar el trámite, porque entre los gastos obligatorios para cumplir con las pruebas sanitarias de brucelosis, tuberculosis y trazabilidad, y la nula respuesta del mercado nacional, a los productores locales la paciencia —y el capital— se les está acabando. ¿Será que a las autoridades federales se les “olvidó” presionar por Durango en el escritorio?
Y hablando del calvario ganadero, donde traen un coraje que no les cabe en el pecho es con la famosa importación “desmedida” de carne proveniente de Brasil. Dicen las malas lenguas que el mentado PACIC (Paquete Contra la Inflación y la Carestía) salió bastante caro para los de casa, pues mientras los corrales duranguenses están retacados de toretes de calidad de exportación que nadie quiere comprar, las grandes cadenas comerciales hacen su agosto vendiendo carne carioca que ni llegó barata ni ayudó al consumidor. Los enterados señalan que la molestia ya escaló a nivel político, pues la complacencia oficial para dejar pasar más de las 70 mil toneladas permitidas bajo el amparo de los acuerdos con Sao Paulo tiene a los productores al borde del colapso. En la ganadería local el diagnóstico es claro: mientras el gobierno federal le abre la puerta grande al negocio de los comercializadores, a los del norte los dejan solos lamiéndose las heridas de la crisis sanitaria.
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