Sigo pensando en las cosas tan bonitas que dijo la presidenta Claudia Sheinbaum en Barcelona: “La democracia significa elevar el amor por encima del odio (…) cultivar la generosidad en lugar de la avaricia (…) que solo el respeto a la diversidad y el amor a los demás harán posible construir un mundo donde quepan todas y todos…”, y contrasto sus dichos con las acciones emprendidas desde el poder en tiempos del bienestar. En México, ¿realmente cabemos todas y todos?
Porque, para defender la democracia en el extranjero, primero hay que defenderla en suelo mexicano. Hacer uso de todos los medios del Estado para confrontar a los mexicanos (chairos contra fifís) no es elevar el amor por encima del odio. Tomar decisiones trascendentales para la República a mano alzada en los mítines de Morena (en donde, obviamente, no existe oposición) no es democracia. Justificar toda ocurrencia con el ya cansado “por nosotros votó la mayoría” no es democracia. Extorsionar y ofrecer inmunidad a opositores para generar una mayoría artificial en el Legislativo no es democracia. Aprovechar la mayoría en el Legislativo para cambiar la Constitución a gusto del partido en el poder no es democracia. Eliminar los contrapesos no es democracia. Concentrar todos los poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y subordinarlos a los intereses de un grupo no es democracia.
Manipular al electorado a través de acordeones no es democracia; mucho menos cuando se hace con recursos públicos. Subordinar a las fiscalías y pregonar cínicamente su “autonomía” no es democracia. Intentar desaparecer a los partidos más pequeños no es democracia. Ignorar a las minorías no es respetar la diversidad. Elegir como consejeros del Instituto Nacional Electoral a personajes afines a Morena —por increíble que parezca— no es democracia. “Quien dice majority rule olvidando los minority rights no promueve la democracia, la hunde”, afirma Sartori.
Noventa por ciento lealtad y diez por ciento capacidad no es democracia. Impulsar desde el Gobierno múltiples negocios ilegales para financiar campañas electorales no es democracia. Hacer campaña anticipada disfrazada de contienda interna no es democracia. Proteger a gobernadores vinculados al crimen organizado no es democracia. Matar de inanición al Sistema Nacional Anticorrupción no es democracia. Ignorar las condenas internacionales no es democracia. Despreciar los acuerdos y tratados internacionales no es democracia. Endeudar al país para garantizar el triunfo en las próximas elecciones no es democracia. Utilizar los programas sociales con fines electorales no es democracia. Controlar la narrativa para hacer creer al electorado que “vamos muy bien” no es democracia. Poner al partido por encima de la nación no es democracia. Quererse perpetuar en el poder no es democracia; es (en palabras de la propia presidenta) avaricia.
“¡Desgraciados de los hombres y de los pueblos que han perdido el respeto a lo que es sagrado e inviolable!”, escribió el carrancista Salvador Alvarado. El derecho a la pluralidad me parece de lo más sagrado e inviolable en una sociedad que se presume democrática, y tiene como consecuencia natural la alternancia. Este régimen tiene una concepción muy peculiar de la democracia: estar con Obrador.