Donde habita la ausencia

  • Punto de Inflexión
  • Enrique Martínez y Morales

Laguna /
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Hay quienes dicen que la muerte es el final de todo, pero los mexicanos creemos que el amor tiene una memoria más larga que la vida.

En noviembre, México se transforma. Los cementerios se llenan de flores, las casas se iluminan con veladoras y el aroma del copal se mezcla con el del pan de muerto. 

Las ausencias adquieren rostro y quienes partieron vuelven a ocupar su lugar.

El Día de Muertos es más que una tradición: es una manera de entender la existencia. 

Nació del encuentro entre las creencias de nuestros pueblos originarios y las costumbres cristianas llegadas del otro lado del océano. Así surgió una expresión profunda de nuestra identidad.

En México vestimos a la muerte de colores, le escribimos versos y hasta nos reímos de ella. No porque duela menos la partida, sino porque recordar también es una forma de amar.

El cempasúchil dibuja caminos; las veladoras iluminan el regreso; el agua calma la sed del viaje y los alimentos favoritos nos recuerdan que el cariño también tiene sabores.

Lo esencial no está en las ofrendas, sino en el deseo de mantener cerca a quienes ya no podemos abrazar.

Todos tenemos una silla vacía, una voz que quisiéramos escuchar de nuevo, una conversación pendiente o un abrazo que daríamos cualquier cosa por repetir.

Esta tradición nos permite transformar el dolor de la ausencia en gratitud por el recuerdo. Nos invita a dejar de contar los días desde la despedida y agradecer los años compartidos.

En 2008, la UNESCO reconoció esta celebración como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. 

Pero su valor va más allá: vive en cada familia que conserva una fotografía, una receta o las enseñanzas de alguien que partió.

El Día de Muertos celebra también la vida. Nos recuerda que lo importante no es cuánto tiempo permanecemos aquí, sino cuánto amor dejamos.

Algún día también nosotros seremos una fotografía en un altar, un nombre pronunciado con nostalgia, una historia alrededor de una mesa. 

Y comprendemos que la eternidad no consiste en vivir para siempre, sino en haber amado tanto que alguien, al recordarnos, vuelva a sonreír.

En México los muertos no regresan para recordarnos que se fueron. Regresan para recordarnos que el amor nunca se va.

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