El lugar más seguro del mundo

  • Punto de Inflexión
  • Enrique Martínez y Morales

Laguna /

Antes de aprender a caminar, alguien nos cargaba. Antes de pronunciar una palabra, alguien ya conocía nuestro llanto. 

Antes incluso de abrir los ojos al mundo, hubo una voz, un latido y unas manos que nos brindaron paz. 

Esa persona es nuestra madre.

Cada 10 de mayo México se detiene. Los restaurantes se llenan, las florerías amanecen vacías y abundan los festivales escolares. 

Pero detrás de los regalos y las fotografías familiares existe algo más profundo: el reconocimiento de que buena parte de lo que somos comenzó en el amor silencioso de una mujer.

Las madres son quizá la forma más pura de presencia constante. Están en las madrugadas cuando un hijo enferma, en las despedidas del primer día de clases, en las llamadas para preguntar si ya comimos y también en esos regaños que solo muchos años después entendemos que eran otra manifestación de amor.

En México hay millones de madres. Algunas crían acompañadas; otras completamente solas. 

Las hay jóvenes y mayores, trabajadoras dentro y fuera de casa, profesionistas, maestras, obreras o campesinas. Muchas viven agotadas y cargan preocupaciones que nunca cuentan. 

Y aun así encuentran la manera de salir adelante todos los días, como si el amor tuviera la capacidad secreta de multiplicar las fuerzas.

Ser madre probablemente sea uno de los pocos trabajos que no admite tregua. Incluso cuando los hijos crecen, forman una familia o peinan canas, las madres siguen viviendo en ese estado permanente de preocupación amorosa. 

Dejamos de ser niños, adolescentes o jóvenes, pero nunca dejamos de ser hijos frente a sus ojos.

También están las madres ausentes, las que ya no se sientan a la mesa familiar pero siguen presentes en una receta, en una canción o en un recuerdo. 

Hay quienes descubren cuánto los sostenía una madre hasta el día en que aprenden a vivir sin ella.

Quizá por eso el Día de las Madres no debería reducirse a una fecha comercial. Tendría que ser, sobre todo, una oportunidad para agradecer el privilegio de haber conocido, desde el inicio de nuestra vida, el lugar más seguro del mundo: los brazos de nuestra madre.

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