El patrono que eligió el pueblo

  • Punto de Inflexión
  • Enrique Martínez y Morales

Laguna /
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Las ciudades también tienen afectos. Hay personajes que la autoridad les asigna un título oficial y otros que, sin decreto alguno, terminan ocupando un lugar privilegiado en el corazón de la gente. Saltillo tiene un ejemplo muy claro.

Desde su fundación, el 25 de julio de 1577, la ciudad nació bajo la protección de Santiago Apóstol. No es casualidad que su nombre original fuera Villa de Santiago del Saltillo ni que la Catedral esté dedicada a él.

Sin embargo, basta caminar por el centro histórico durante los primeros días de agosto para descubrir otra realidad. Miles de personas llegan para visitar al Santo Cristo de la Capilla. 

Algunos lo hacen para agradecer un favor recibido; otros para cumplir una manda; muchos simplemente para renovar una tradición familiar generacional.

La imagen del Santo Cristo llegó a la ciudad a principios del siglo XVII. La tradición cuenta que apareció sobre una mula que, sin guía alguna, se detuvo justamente en el lugar donde hoy se levanta su capilla. 

La historia documentada ofrece una explicación distinta: habría sido traída por Santos Rojo, militar y comerciante español que decidió donarla para su veneración.

Hay otro dato que suele sorprender. El Santo Cristo no está tallado en un pesado bloque de madera como aparenta, sino elaborado con pasta de caña de maíz, una técnica desarrollada por artesanos indígenas durante la época virreinal. 

Gracias a ella podían fabricarse imágenes extraordinariamente ligeras y resistentes, capaces de recorrer grandes distancias sin sufrir daños.

Con el paso de los siglos, la devoción creció. Las generaciones fueron heredando historias de favores concedidos, bendiciones y milagros.

Así, sin reformas legales ni decretos eclesiásticos, la devoción popular terminó siendo más fuerte que cualquier nombramiento oficial. Santiago Apóstol siguió siendo el patrono de derecho; el Santo Cristo de la Capilla se convirtió en el de hecho.

Cada 6 de agosto, cuando miles de peregrinos vuelven a llenar las calles del centro de Saltillo, no solo participan en una celebración religiosa. También renuevan un vínculo con la historia de la ciudad y con las generaciones que los precedieron. 

Hay patronos que los nombra la historia. Y hay otros que, silenciosamente, los elige el pueblo.

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