Cada vez que se publican las cifras del Producto Interno Bruto celebramos o nos preocupamos.
Pero vale la pena preguntarnos: ¿el PIB realmente nos dice qué tan bien vive una sociedad?
El PIB mide el valor de los bienes y servicios producidos por una economía durante determinado periodo.
El problema comienza cuando pretendemos utilizarlo para medir algo mucho más complejo: nuestro bienestar.
Para empezar, debemos observar el PIB real, descontando la inflación. El crecimiento en los precios no significa un incremento en la producción.
También importa el PIB por habitante. India, por ejemplo, tiene una economía aproximadamente siete veces mayor que la de Israel.
Sin embargo, su PIB per cápita ronda los 2,700 dólares, mientras que el de Israel supera los 54 mil. ¡20 veces más!
El tamaño de una economía dice poco sobre cuánto corresponde, en promedio, a cada persona.
Pero incluso el PIB per cápita tiene una limitación: es un promedio y los beneficios se pueden concentrar en pocas manos.
Hay además actividades esenciales que prácticamente desaparecen de esta medición.
Como los placeres más intensos de la vida o cocinar en casa, cuidar a los hijos o atender a un adulto mayor no incrementa el PIB. Si contratamos a alguien para hacer exactamente lo mismo, entonces sí.
Algo semejante ocurre con el medio ambiente. Una fábrica suma al PIB aunque contamine un río.
Después habrá que gastar para limpiarlo y ese gasto también generará actividad económica.
El PIB tampoco distingue entre actividades deseables y aquellas que preferiríamos evitar.
Reparar los daños de un huracán o construir prisiones genera actividad económica. Todo suma, aunque evidentemente estaríamos mejor si no fueran necesarios.
Esto no significa abandonar el PIB. Sería como conducir un automóvil sin velocímetro.
La velocidad importa, pero nadie manejaría observando solamente ese indicador. También necesitamos saber cuánta gasolina queda, la temperatura del motor y, sobre todo, hacia dónde vamos.
Una economía debe crecer porque sin crecimiento difícilmente puede generar empleos, ingresos y oportunidades. Pero crecer no puede ser el objetivo final.
El verdadero reto no es solamente producir más, sino lograr que ese crecimiento se traduzca en una vida mejor para todas las personas.