Racismo sin razas

  • Punto de Inflexión
  • Enrique Martínez y Morales

Laguna /

Hay realidades que no irrumpen de golpe, sino que se filtran hasta volverse paisaje. El racismo en México es una de ellas: no siempre grita, a veces apenas susurra y quizá por eso ha logrado permanecer tanto tiempo entre nosotros.

Nos gusta pensarnos como un país orgulloso de su diversidad. Y lo somos. Basta mirar nuestra historia, lenguas y rostros. 

Pero también es cierto que, desde hace siglos, aprendimos a ordenar esa diversidad como si fuera una escala: a asociar valor, belleza o capacidad con el tono de piel, el origen o incluso el acento.

Desde la época colonial, el sistema de castas clasificaba a las personas según su mezcla de orígenes y, más que una etiqueta, era una estructura de poder. Determinaba lo que podías estudiar, a lo que podías aspirar, incluso cómo eras tratado. 

Esas categorías desaparecieron de los documentos, pero no del todo de la cultura.

Hoy no hablamos de castas, pero sus efectos persisten. Distintos estudios muestran que las personas con tonos de piel más claros tienen, en promedio, mayores oportunidades y mejores ingresos. 

No es casualidad: es la inercia de siglos operando en silencio. 

El racismo no es abstracto. Se traduce en puertas que se abren para unos y se resisten para otros. 

Se cuela en bromas, en comentarios cotidianos, en decisiones aparentemente menores. Se disfraza de costumbre. Y así, sin darnos cuenta, se normaliza.

Y, sin embargo, hay un dato que desmonta cualquier justificación: los seres humanos compartimos el 99.99% de nuestro material genético. En sentido estricto, no hay razas. 

Hay una sola: la humana. Todo lo demás es una construcción social que aprendimos.

Lo que no se nombra, se normaliza; y lo que se normaliza, se perpetúa.

Hablar de racismo incomoda porque nadie se asume racista. 

Pero obliga a mirar hacia adentro y reconocer que no es un problema de “otros”, sino un sistema del que todos somos parte.

La igualdad no se decreta. Se construye en cada decisión, en cada palabra, en cada espacio que abrimos o cerramos. 

Nuestra diversidad no es una debilidad, es una ventaja. Los países que han sabido integrarla son también los que más han crecido.

El racismo no solo hiere a quienes lo padecen; limita lo que podemos ser como sociedad. 

Y un país que aspira a ser más justo y próspero no puede darse el lujo de condenar su propia riqueza humana.


emym@enriquemartinez.org.mx

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