Juan Gelman escribió: “mi patria es la lengua”. No es el único, Fernando Pessoa hizo reflexiones parecidas. “Que buena lengua heredamos de los conquistadores”, siempre me fascinó de Pablo Neruda que hablaba también el italiano con solvencia. Más allá de eso, la lengua es el principio y el final del pensamiento. Somos lo que podemos pensar, y solo es pensable aquello que es decible. Por ello, exterminar una lengua es destruir una cosmovisión del mundo. Una forma particular de entender la vida y la humanidad. La lengua explica mucho y la filología, ya poco estudiada en muchas universidades mexicanas, es fundamental para entender la vigencia de instituciones y rituales sociales. Y aunque haya quien lo niegue, lengua y política han caminado de la mano durante milenios.
El español –castellano– es una lengua global. Es la segunda lengua materna más hablada del mundo (500 millones de hablantes). Muy lejos del chino mandarín (980 millones), pero es innegable que más niñas y niños llegan a este mundo hablando español que inglés, francés o bengalí. Esto ha hecho del español una lengua central en la música, la cultura y la literatura. Sólo uno de cada 13 hispanohablantes vive en España. A pesar de eso, la Real Academia Española sigue siendo un monolito europeo incapaz de entender la pluralidad de la América Latina o incluso de la América anglosajona. Una junta de viejos que pretenden controlar cómo hablamos desde palacetes en Madrid.
La paradoja del español es innegable. En América es una lengua rebelde, nacida de la conquista, pero asumida como propia desde la Ciudad de México hasta Buenos Aires. Una lengua que se enfrenta al racismo y la discriminación en contextos como la América de Trump. El show de Bad Bunny en español, se convirtió en un acto de rebeldía desde la lengua misma. Hablar español con orgullo en las tierras dominadas por el trumpismo es una posición política. Por eso Trump aborrece a Bad Bunny. Porque le recuerda que los Estados Unidos es un crisol de razas y lenguas. Que el país blanco y protestante hegemónico ya no existe. O sólo existe en la cabeza de Trump y sus supremacistas. Recordemos que al igual que México, Estados Unidos no tiene una lengua oficial. Tiene una lengua de costumbre nacional, pero no está inscrita en la Constitución como sí lo vemos en el artículo 2 de la Constitución de la República Francesa: “la langue de la Republique est le français”. Ese centralismo lingüístico en Francia ha sido excusa para aniquilar lenguas como el Bretón, el Occitano, el Sardo o el Catalán.
Ese mismo español que se rebela en Estados Unidos frente a la criminalización, es una lengua que se asume como hegemónica en lugares como España. El Español es la única lengua relevante y protegida en la península hispánica (el resto son cooficiales y de segunda). Su avance amenaza con marginalizar, aún más, a lenguas como el catalán (10 millones de hablantes en Cataluña, Islas Baleares, una franja de Aragón y el sur de Francia), el gallego (3.4 millones en Galicia) o el Euskera o Vascuence (900 mil). La España monolingüe es un sueño de proyectos políticos como Vox –los aliados de Trump en España.
Esa misma idea imperialista del español está presente en políticas como la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. La polémica presidenta decidió otorgarle un reconocimiento a Donald Trump por la defensa de la hispanidad. Otorgarle en su residencia de Mar-A-Lago un reconocimiento a un fascista que persigue niños de cinco años por su color de piel o que deporta a hispanoparlantes por el simple hecho de serlo, es doloroso para quienes hablamos la lengua de Cervantes. El reconocimiento a la hispanidad a Trump sería sólo un mal chiste si eso no fuera el blanqueo de la crueldad de un tirano. Es el uso del español como arma política del nacionalismo castellano más rancio. Un Español que deja su espíritu de rebeldía y unión para ser un adorno que Trump cuelga en su sala de trofeos.
Las lenguas son más que un conjunto de sonidos que se unen para facilitar la comunicación entre personas. Las lenguas son construcciones que se componen de historias, victorias y fracasos, reinados e instituciones vigentes y muertas. Que reflejan la idiosincrasia de una sociedad y que se convierten en instrumentos del sometimiento o del cambio político. La lengua puede ser rebelde o puede ser espejo de la rendición. En una misma semana vimos dos postales políticas que parten del español, pero que simbolizan cosmovisiones radicalmente opuestas. Bad Bunny con su reivindicación de lo latino frente al fascismo y a la actuación cobarde de la policía migratoria en Estados Unidos. Y, por otro lado, la presidenta de la capital de España hincándose frente a Trump. Ofreciéndole una medalla por la hispanidad a quien odia a los cientos de millones de personas que hablamos el español. Así es la lengua. O parafraseando a Von Clausewitz: “la lengua es la continuación de la política por otros medios”. O diría más: sin la lengua, la política es un imposible.