Mark Carney, primer ministro de Canadá, fue la gran estrella del Foro Económico de Davos. Carney, normalmente plano y tecnocrático, dijo aquello que pocos se atreven: Estados Unidos se está convirtiendo en la gran amenaza mundial. Las ambiciones desproporcionadas de Donald Trump están dañando a sus aliados más cercanos, se llamen Canadá, México o Europa. Trump visualiza el mundo como la guerra de los fuertes contra los débiles. Los fuertes se imponen. Por ello, China se impone en Asia. Rusia en el Cáucaso y Estados Unidos en Occidente. Se acabó el mundo del derecho internacional (si alguna vez existió) y se inaugura la época del poder salvaje.
Lo que hemos vivido esta última década nos retrotrae al periodo colonial previo a las Guerras Mundiales. Antes del ascenso de los Estados Unidos como la potencia hegemónica, Gran Bretaña y Francia se dividían cada rincón del mundo, desde África hasta la Indochina. En realidad, el periodo de descolonización que comenzó con el fin de la Segunda Guerra Mundial, es un periodo breve en la historia del mundo. La arena internacional entendida como la imposición de la ley de las más fuertes nos lanza a Roma, Persia o la Mongolia de Gengis Kan. Quien escribe nació en un mundo que veía como la democracia y la libertad avanzaban con poca oposición, pero eso no quita que hayamos habitado un periodo bastante breve de la historia política mundial. La ley de la selva, la ley del más fuerte fue y vuelve a ser la condición determinante en el mundo.
Frente a esta realidad, como bien subrayó Carney, las potencias medias o los países sin poder quedan atrapados en la pugna entre los poderosos. O peor, en una disputa simulada entre potencias que se alían para dividirse el pastel global. Y México entra en ese paquete. La posición de México es delicada: una economía media que comparte la frontera más dinámica del mundo con el imperio estadounidense. México no la tiene fácil. Nuestra economía depende enormemente de los consumidores estadounidenses, nuestro sistema de justicia tiene su capital en Washington y nuestras prioridades nacionales están fuertemente influidas por la Casa Blanca.
México parece no tener otra opción que someterse a Trump. Las amenazas de bombardeos, los aranceles o la persecución de los cárteles han puesto al Gobierno de Claudia Sheinbaum -y previamente al de López Obrador- contra la pared. Trump sabe que la estabilidad del país depende de él. A nadie se le escapa que cuenta con información de políticos del más alto nivel que están ligados con el crimen o que puede activar la salida del T-MEC en segundos. Es decir, México tiene una posición estructuralmente delicada por nuestra frontera, pero también tiene un gobierno al que se puede chantajear fácilmente. La unión de estas dos variables conduce a una realidad innegable: Sheinbaum es prisionera de las decisiones de Trump. Nos hablan de soberanía y nacionalismo, pero en el fondo sólo podemos identificar impotencia. Sheinbaum no puede hablar como Carney. Y eso que Canadá tiene también una insana dependencia económica con los Estados Unidos. Sin embargo, México sólo puede obedecer; mientras que Canadá puede activar alianzas que fortalezcan su posición.
México se ha quedado con nimiedades simbólicas, pero es incapaz de moverse estratégicamente. Por ejemplo, le vendemos petróleo a Cuba, pero fuimos obligados a poner aranceles a China. Sheinbaum vive en la impotencia constante. Está constreñida por doquier: Trump, López Obrador, Morena, el Verde y el PT. Es paradójico que una Presidenta tan poderosa tenga tan poca capacidad de maniobrar. Parece esclava de sus circunstancias.
Frente a Trump, los débiles siempre pierden. Sheinbaum tiene las mayorías para empujar una política exterior que nos permita no ser esclavos de un autócrata en Washington. Para ello, Sheinbaum necesita rebelarse frente a sus circunstancias y creerse lo que dice: México no es una colonia de nadie. Es una de las 20 economías más importantes del mundo y puede trazar relaciones con Europa, Asia o Sudamérica. La estrategia de “tranquilizar” a Trump no nos ha dejado nada positivo. Sólo amenazas y sumisión. Es tiempo de voltear un poquito a ver a Canadá y entender cómo se defiende un país con dignidad. Creo que el pueblo mexicano seguiría a una líder que marcara inteligentemente su distancia con el imperio del Norte. Sheinbaum está en su segundo año, es momento de demostrar que ella gobierna el país. No Trump, ni López Obrador.