Messi

Ciudad de México /
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Cuando Maradona se hizo gigante en el Azteca, yo tenía apenas un año. No tengo memorias de aquella Argentina maravillosa, pero sí la recuerdo cuatro años después en Italia. Recuerdo la final contra Alemania y ese penal polémico que le quitó a la albiceleste la posibilidad de ser bicampeón (para aquellos que creen que todo lo que gana Argentina viene manchado por malos arbitrajes). Los argentinos no pudieron estampar su tercera estrella. Aquella tercera llegaría 32 años después en el Medio Oriente. 

El futbol es un deporte colectivo, pero nuestra memoria se apasiona con los hombres de carne y hueso. El futbol mundial es imposible entenderlo sin la totalidad de Cruyff, la magia inigualable de Maradona, los goles imposibles de Pelé y, ahora en ese mismo escalón o incluso uno más arriba, la longevidad, talento y disciplina de Lionel Messi. Lionel es el jugador que más felicidades me ha dado. Habrá quien lo discuta hasta el fin de los tiempos. Yo nací debatiendo quién era mejor Maradona o Pelé. Para mí no había color, pero el astro argentino siempre tuvo sus antagonistas. No le permitían ser un humano, con sus altas y sus bajas. Sus fortalezas y sus debilidades. Sus errores y sus frases auténticas. Para mi Pelé siempre fue un figurín en un museo de cera, mientras Maradona era un genio 90 minutos. Y un desastre fuera del campo. 

Messi nunca quiso rivalizar con el fantasma de Maradona en Argentina. Era imposible vencer al mito y al símbolo. Lío forjó su camino. Una senda no libre de dificultades. Tal vez hoy parece la prehistoria, pero Messi era infravalorado en Argentina. No lo querían. Se fue de jovencito a vivir a Barcelona y era visto como un extranjero con acento argentino. España quiso hacerlo suyo en algún momento, pero él se mantuvo fiel a su Rosario. Quitando la final de 2014 contra Alemania, el resto de los mundiales suponían una crítica despiadada contra Messi. La prensa deportiva argentina siempre ha sido de extremos. O te aman o te odian. Maradona era el Dios hecho hombre, mientras Messi era un pecho frío…más preocupado por ganar con el Fútbol Club Barcelona que con la selección albiceleste. 

En esos años, 2006-2016, esa década, Messi ganó balones de oro por doquier, cuatro ligas de campeones europeas, una infinidad de ligas españolas y copas incontables. Hoy es el futbolista con más títulos de la historia del futbol mundial. Messi ha levantado 47 copas. Mañana podría levantar la número 48. Cuatro más que su excompañero Daniel Alves. No obstante, esa década gloriosa para todos los que nos definimos como barcelonistas y culés, venía acompañada de un casi destierro argentino. En 2014, perdió la final del mundial contra Alemania y en 2015 la final de la Copa América en Nueva York contra Chile. Es una hermosa coincidencia (si le podemos llamar así) que Messi pueda ganar su segundo mundial justo en una ciudad en donde hace una década anunciaba su retito de la selección. “La selección no es para mí, la dejo”, dijo con tristeza Lionel luego de las decepciones. En muchas ocasiones se ha comparado la resiliencia y entereza de Cristiano Ronaldo frente al talento y magia de Messi. El primero se hizo, el segundo nació con talento. Me parece un grave error analítico. Messi siempre ha sido una bestia competitiva. Un jugador que no le gustaba perder ni contra el Levante en dieciseisavos de la Copa del Rey. Cuando pidió salir del Barcelona en 2021 lo hizo después de la peor humillación europea contra el Bayern de Hansi Flick en Lisboa. Su carácter competitivo era tal que estaba dispuesto a dejar al mayor de sus amores después de una humillación continental. 

Messi no nació siendo lo que es. Por el contrario, Messi nació con severos problemas físicos. Un chico bajito, débil y con poco futuro fisiológico. En Argentina no le vieron futuro y tuvo que volar a Barcelona para jugarse todo a una carta. Es injusto e ignorante quitarle un ápice de mérito a un chico que parecía tener las puertas cerradas en todos lados. Un chico que no era la ebullición temperamental de Maradona, sino más bien un joven calmado y centrado en la pelota. Un chico que se enamoró de una mujer y que veintitantos años después hizo y mantiene una familia con ella. No dudo que los argentinos amen el caos y Messi no lo es; por el contrario, es el espejo del éxito de la disciplina, el carácter, el liderazgo de un introvertido, un hombre que hace más de lo que habla. Nunca hablará de política, ni se sentará con algún dictador latinoamericano ni siquiera apoyará la independencia de Catalunya a pesar de tener hijos catalanes. Messi es el balón. Messi es el campo. No lo saquen de su hábitat. 

Alguna vez le preguntaron a Valdano: ¿quién es mejor Maradona o Messi? Y contestó una genialidad, característica de él: Messi, porque es Maradona todos los días. Maradona era un genio, pero no lo era siempre. Su turbulencia vivencial lo llevaba a aparecer en algunas ocasiones y desaparecer en otras (como cuando fue apartado por consumo de drogas en 1994). Creo que Messi no llegará a España-Marruecos-Portugal 2030. Sin embargo, la duda hace tiempo se disipó. Messi es el mejor; no hay nadie que se le acerque ni en talento, ni en disciplina, ni en inteligencia. Me siento afortunado de disfrutarlo de principio a fin. Orgulloso de que sea un canterano del Barcelona y que haya logrado subir esa segunda montaña, como la llama David Brooks. Esa segunda montaña en donde los éxitos no son la felicidad. Cuando Messi soltó la obsesión de ser amado en Argentina, encontró el amor de un pueblo que muere por su equipo nacional. Messi es ejemplo de todo. Y este domingo, gane o pierda, es el cierre perfecto a 22 años de excelencia. 


  • Enrique Toussaint
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