Los ciclos políticos son inevitables. Y cada vez son más cortos. La presión de las redes sociales, la polarización y las expectativas insatisfechas provocan auténticos terremotos políticos. En el mundo democrático, son pocos los gobernantes o partidos políticos que han podido retener el poder. En Estados Unidos, los demócratas entregaron el poder a Trump; en Francia, Macron no puede gobernar y seguramente su partido caerá estrepitosamente en 2027; en Alemania, los socialdemócratas tuvieron el peor resultado en décadas, cediendo el poder a los conservadores de Merz; en Reino Unido, Starmer está contra las cuerdas luego de unas elecciones locales en donde perdió casi mil posiciones y el ascenso de “Reform”, el partido de ultraderecha encabezado por el xenófobo Farage. Chile, Perú, Colombia siguen la misma ruta: alternancias.
México parecía el outlier en este contexto. Una excepción frente a un mundo enojado con sus gobiernos. Morena no acusaba desgaste, a pesar de los malos números en materia económica y los fracasos en seguridad, así como en el combate a la corrupción. No obstante, desde el asesinato de Carlos Manzo en Uruapan, la aprobación de la presidenta ha venido bajando permanentemente y Morena empieza a entender que no tiene garantizadas las mayorías parlamentarias en 2027. Y la orden de aprehensión con fines de extradición en contra de Rubén Rocha Moya -gobernador con licencia de Sinaloa- y de otros nueve funcionarios y exfuncionarios estatales, han terminado por hundir la credibilidad del proyecto de “purificación” de la vida pública mexicana que prometió Morena hace siete años. La realidad es que amplias regiones de México han sido entregadas al crimen, siguiendo la política de “abrazos y no balazos” tan dañina que implementó López Obrador durante su sexenio.
Por eso Morena ha tenido que ceder frente a todos los chantajes del Partido Verde y el Partido del Trabajo. Por eso, la presidenta ha tenido sufrir la humillación de sus derrotas legislativas orquestadas por sus supuestos aliados. Porque hoy, Morena necesita a sus rémoras como agua de mayo. Sin ellos, la posibilidad de ganar una mayoría sólida es casi imposible para Sheinbaum. Morena tocó techo en 2024 y tiene dos años atestiguando el debilitamiento de un proyecto político que lucía invencible.
Frente a este escenario, ¿qué alternativas se abren en el panorama político mexicano? ¿Quién puede capitalizar el descontento con el Gobierno de Sheinbaum y la impunidad que se ha convertido en regla en Morena?
De entrada, la oposición debe asegurarse cancha pareja en 2027. El control del INE por parte del Gobierno es un síntoma preocupante. Morena hoy tiene el control de las instituciones electorales lo que les supone una fuerza muy importante en caso de querer alterar los resultados de los comicios en 2027. Como escribí hace unas semanas en estas páginas, quién nos garantiza que nuestro votado será respetado si Morena ha colonizado el andamiaje institucional que organiza las elecciones en México. Por lo tanto, es necesario que la oposición, se llame PAN, PRI o MC, exijan un árbitro imparcial y que ofrezca garantías de limpieza democrática.
Segundo, el declive de Morena debería de ser un incentivo para que la oposición explore vías de unidad. Será difícil quitarle las mayorías en el Congreso y la Presidencia de la República a Morena, si los partidos de oposición van cada uno por su cuenta. La fragmentación del voto podría entregarle una mayoría artificial al régimen. Recordemos que la sobrerrepresentación aplicada por el INE en 2024, le permitió a Morena tener mayorías calificadas que no había obtenido en las urnas. Para evitarlo, la oposición debe dejar su mezquindad, su cortoplacismo y su defensa de intereses partidistas, y buscar espacios de acuerdos. Unidad en la diversidad.
Y por último, la oposición debe entender que, al igual que con el PRI hegemónico en el periodo 1997-2000, lo primero es arrebatarle la mayoría constitucional a Morena y después vendrá la elección presidencial. Y para ello, la oposición -que sigue bastante quemada entre buena parte de la opinión pública- tiene que abrir sus puertas a la sociedad civil, a la academia, a empresarios. Externos o políticos no manchados de corrupción que doten de credibilidad y de legitimidad la apuesta por un cambio de régimen; no uno que nos devuelva a 2012, sino uno que apele al futuro y a la verdadera transformación del país. Morena está dando señales de declive y fractura, pero sólo una oposición cohesionada y generosa podrá aprovecharlo