Gran paradoja: México tiene una Presidenta con muchísimo poder y que es incapaz de tener un proyecto propio. Si uno mira la composición de las cámaras o el poder territorial, es innegable que Claudia Sheinbaum tiene los instrumentos de poder que nadie había tenido desde Carlos Salinas. La oposición no existe y la sociedad civil está absolutamente desmovilizada. Sin embargo, Sheinbaum es rehén de los suyos. Es una mujer secuestrada en su propia casa. No es ni García Luna ni Xóchitl Gálvez, sino López Obrador, Adán Augusto, Fernández Noroña, Luisa María Alcalde, el PT, el Partido Verde, los sindicatos educativos quienes no le permiten ni un milímetro de maniobra. Y cuando parece que decide emanciparse, horas después vuelve a la cárcel autoimpuesta.
Sheinbaum ha consumido un 20% del sexenio. Y aún no sabemos qué lo diferencia de su antecesor más allá de tonos, modos y matices. Tampoco podemos afirmar que sea una Presidenta dispuesta a ejercer el poder que los electores le dieron. El caso Marx Arriaga es ilustrativo. La Presidenta de México debió esperar cien horas para lograr la salida de un funcionario de tercer nivel en la escala de la Secretaría de Educación Pública. Arriaga recibió flores de la Presidenta e incluso ofertas de una misión diplomática para que decidiera abandonar su oficina. Toleró que Arriaga llamara traidora a la subsecretaria del ramo y que se atrincherara como el auténtico defensor de la revolución morenista. Sheinbaum prefirió ser vista como una Presidenta con miedo a pelearse con los radicales de su partido o peor a pelearse con la esposa del expresidente. Toda virtud tiene un vicio aparejado. Ser cuidadosa puede convertirse –rápidamente – en ser temerosa e inoperante.
La realidad es que la Presidenta alcanzará la cúspide de su poder en la definición de candidaturas a mediados de este año. La segunda parte del sexenio es el declive de su poder. Es el inicio de la sucesión, son los cálculos del futuro. Lo más trágico para Sheinbaum es que puede llegar a esos días sin haber sido capaz de ejercer el bono que el electorado le dio. Sus resultados son paupérrimos: economía, educación, salud, desaparecidos, violencia, corrupción. Y cada que aparece en las mañaneras parece que tiene que hacer malabares para impedir que algún morenista indignado no asuma su liderazgo. La negociación de la reforma electoral es otro sinónimo de su incapacidad para imponer el proyecto que supuestamente tiene en la lista de prioridades. El Verde y el PT han bloqueado la reforma desde el día uno. Y según lo revelado por Latinus, más que “austeridad”, vamos a un congreso más numeroso y con fórmulas plurinominales extravagantes. La democracia implica cesión y negociación, pero en el caso de Sheinbaum la muestra permanente es que las decisiones políticas más relevantes las toma el expresidente López Obrador con sus allegados. Morena no es un partido al servicio de la Presidenta, sino al servicio del culto a la personalidad del tabasqueño. Pasar a la historia como una jefa de estado que no ejerció como tal es un espejo doloroso para Sheinbaum.
Sheinbaum teme que empujar su proyecto político suponga la ruptura de Morena y, por ende, una fractura que le podría costar las elecciones intermedias. El problema es que, bajo esa lógica, no es exagerado señalar que nada de lo que ha ocurrido estos 16 meses pertenece al ideario de la Presidenta. La reforma judicial, la más perjudicial de su administración, fue una manzana envenenada heredada. No sé cuánto defiende Sheinbaum en el caos que hicieron en el Poder Judicial, pero la realidad es que incluso el presidente de la Corte es de extirpe obradorista. Una Presidenta secuestrada, una Presidenta rehén de los poderes externos a su administración.
La debilidad de Sheinbaum se muestra también con las olas imparables que el libro de Julio Scherer ha generado en la opinión pública. La mañanera del pueblo, como la nombró ella misma, ha sido incapaz siquiera de entender que la mayor parte del libro no tiene que ver con su Gobierno. Que un libro como el de Scherer sirve para poner en su lugar a López Obrador como un corrupto, desaseado en la administración, irresponsable. En lugar de entender la coyuntura para diferenciarse, Sheinbaum se pone a hablar de García Luna y de Calderón que hace 14 años que no tienen nada que ver con el Gobierno de México. Es penoso verla dar ese espectáculo matutino.
No hay peor batalla que la que no se da. O la que se da a medias. Sheinbaum parece querer libertad política para automáticamente volver a ser rehén incluso de funcionarios de cuarta como Marx Arriaga. Hubo una parte de la sociedad que le dio el beneficio de la duda a Sheinbaum y entendió que podía diferenciarse de los fracasos del sexenio anterior. Parece que ha decidido no hacerlo. Sumarse a las ofrendas al líder y asumir un gobierno continuista y sin sello propio.